El desfile de presidentes, secretarios generales y destacados dirigentes del PP por la Audiencia Nacional, en el proceso que investiga la caja B de esta formación y el cobro de sobresueldos, está siendo desolador.
No sólo por la materia investigada, que nos habla de procedimientos corruptos indignos de un partido de gobierno en una democracia, sino por la estrategia seguida por los testigos al negar la mayor, que cobraran esas gratificaciones en negro, y al despejar toda la responsabilidad esgrimiendo la ignorancia de los hechos. Puede ser que pasara, pero si pasó fue cosa del señor Bárcenas y no pasó con ellos, vienen a decir.
Alguno, como Javier Arenas, ha rozado el sainete al argumentar que en el PP habrá otros Javieres, incluso alguno apellidado Arenas, y quizás las siglas que anotó Bárcenas se refieran a alguno de esos otros. Puede que considere que el tribunal y la ciudadanía somos una pandilla de imbéciles, pero en el fondo, con testimonios como este, sólo exhibe su propia condición como tal.
Y es curioso que personajes como Federico Trillo, que al atacar desde la oposición comportamientos de los gobiernos socialistas nos ilustró ampliamente sobre la responsabilidad in vigilando que tienen los responsables públicos, haya olvidado aquellas interesantes lecciones jurídicas y políticas. Porque en el mejor de los casos, dando por buenas sus extravagantes explicaciones y respetando escrupulosamente la presunción de inocencia, sólo cabe deducir que eran un grupo de incompetentes que no se enteraban de nada, algo que quizás no sea delito, pero tiene delito en personalidades que durante años manejaron la caja común de este país.
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