Vienen los vientos mediáticos cargados de absurdos debates sobre la dimisión del ministro de Transportes. Y también sobre su mejor o peor disposición a dar la cara después de lo ocurrido en un área de su directa responsabilidad. Pero ni lo uno ni lo otro son ni serán el principio y el fin del oleaje político y moral del drama.
El drama reside en los intangibles: el miedo a tomar el tren, los daños en la marca España, la sensación generalizada de que España no va bien, que las cosas no funcionan como deberían. Y, sobre todo, la quiebra de la confianza del gobernado en el gobernante.
Véase lo ocurrido con el aplazamiento del funeral de Estado:
Las víctimas de la tragedia de Adamuz, así como sus familiares y los familiares de quienes perdieron la vida en el siniestro, han decidido no participar en el solemne funeral que se había programado para celebrar en Huelva el próximo día 31.
De momento, queda aplazado. Y no es verdad que haya sido por razones de agenda de los damnificados. Simplemente, es que estos no quieren prestarse a blanquear la mala conciencia de un Gobierno que no ha hecho los deberes como principal gestor de un servicio público.
La perturbadora sensación de que las víctimas y sus familias iban a ser utilizados políticamente en la solemnidad televisada de un "funeral de Estado" ha llevado a estos, ya organizados en unas incipientes asociaciones de ayuda mutua (incluida la prestación de servicios que teóricamente debían haber prestado ya las administraciones públicas), a desmarcarse de una clase política más volcada en la lucha por el poder que en resolver los problemas reales de los ciudadanos.
Nada que ver con el masivo funeral celebrado el domingo en la caseta municipal de Adamuz, donde las presencias políticas -las que hubiese, ninguna de rango preferente- se fundieron en la emotividad del acto religioso. Empezando por el "corazón herido" del alcalde de Adamuz, Rafael Moreno, que fue una más de las personas que en la noche trágica lo dieron todo en ayuda de las víctimas sobre el propio terreno.
En ningún funeral de Estado hubiera fluido la compasión, la condolencia, la solidaridad, el abrazo, de forma tan espontánea como fluyó en el funeral de Adamuz, protagonizado por las víctimas y quienes echaron una mano en la noche del 18 de enero, incluida la Guardia Civil, la UME, la Cruz Roja, los voluntarios, los vecinos de Ademuz.
Ninguno de ellos necesitó de etiquetas para ponerse junto a los que estaban sufriendo. Había necesidad de sellarlo con un encuentro para el abrazo. O sea, una simple y no programada expresión de la mejor sociedad civil. La que no se merece una clase política indolente a la hora de hacer su trabajo, cuando no bajo sospecha de comportamientos poco santos.
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