VOX nació para combatir el sistema político español. Hoy vive de él.
No es una exageración. Es, tristemente, la evolución lógica de un partido que prometía romper con la vieja política y ha terminado reproduciendo exactamente los mismos vicios que decía combatir: aparato cerrado, purgas internas, control férreo del liderazgo y un pequeño círculo de poder moviendo los hilos en la sombra.
La historia de Vox es, en realidad, bastante sencilla. Un proyecto que despertó expectativas reales en una parte del electorado de derechas y que ha terminado degradándose, como casi todos los partidos cuando el poder empieza a importar más que las ideas.
Lo recuerdo bien porque lo vi desde el principio.
El 13 de diciembre de 2017 cubrí uno de los primeros actos de Vox en Pozuelo de Alarcón. Yo estaba empezando en el periodismo y aquel partido era todavía una rareza política. En el escenario estaban Santiago Abascal, Rocío Monasterio, Javier Ortega Smith e Iván Espinosa de los Monteros. No había aparato, no había poder, no había cargos. Había ilusión.
Muchos de los que estaban allí venían de fuera de la política profesional. Empresarios, profesionales y gente de la sociedad civil que se había cansado de ver cómo la derecha española se rendía culturalmente a la izquierda mientras el Partido Popular se limitaba a gestionar.
Ese era precisamente el atractivo de Vox: parecía un partido distinto y con las ideas claras.
Hoy casi todos esos perfiles han desaparecido.
Iván Espinosa de los Monteros se marchó. Macarena Olona salió del partido tras enfrentarse con la dirección. Víctor Sánchez del Real, uno de los arquitectos de la comunicación del partido y figura clave en sus primeros años, también acabó apartándose. Alejo Vidal-Quadras, uno de los fundadores y quien ayudó a levantar el proyecto, terminó completamente distanciado. La lista es larga y sigue creciendo.
El ejemplo más reciente es el de Javier Ortega Smith.
Hablamos de uno de los fundadores del partido, secretario general durante años, cabeza visible en innumerables batallas jurídicas contra el separatismo y el sanchismo, y uno de los dirigentes que más trabajó en la construcción de Vox cuando apenas era una sigla desconocida.
Ortega Smith no solo estuvo en los primeros actos y campañas. Fue también quien lideró muchas de las acciones legales del partido cuando nadie más lo hacía. Fue quien se enfrentó al separatismo catalán en los tribunales y quien protagonizó algunos de los gestos simbólicos más recordados de los primeros años, como aquel acto en Gibraltar denunciando la situación del Peñón y reivindicando la soberanía española.
Hoy ese mismo dirigente ha sido expulsado del partido que ayudó a construir.
El patrón vuelve a repetirse. Cuando alguien adquiere demasiado peso propio o discrepa del núcleo de poder que rodea a la dirección, termina saliendo.
De aquel grupo inicial prácticamente solo queda Santiago Abascal. Y no deja de ser una ironía que el único superviviente sea precisamente quien sí venía de la política profesional del Partido Popular.
Mientras tanto, el partido se ha ido rodeando de un pequeño círculo de poder que decide prácticamente todo. Un ecosistema donde hay dirigentes visibles para las cámaras y otros personajes mucho más influyentes que nunca aparecen en los focos.
Dos nombres aparecen constantemente cuando se habla de quién manda realmente dentro del partido: Kiko Méndez-Monasterio y Gabriel Ariza.
El primero es el cerebro estratégico de Vox desde hace años, un veterano operador político con décadas de experiencia en la ingeniería electoral de la derecha española. El segundo forma parte del entramado mediático y empresarial que gravita alrededor del partido.
No ocupan cargos públicos relevantes, pero su influencia interna es conocida por cualquiera que haya seguido mínimamente la evolución del partido.
A ese círculo se suma la Fundación Disenso, presentada como el gran laboratorio ideológico de Vox para dar la batalla cultural. Sobre el papel, una buena idea. En la práctica, un instrumento más dentro de ese ecosistema cerrado que rodea a la dirección del partido.
Mucho viaje internacional, muchas cumbres sobre civilización occidental, muchas fotos con líderes conservadores extranjeros… y bastante menos pensamiento político serio del que cabría esperar de un verdadero centro de ideas.
Hay además otro elemento que explica buena parte de la decepción que hoy sienten muchos antiguos votantes y simpatizantes: la cuestión de los valores.
Durante sus primeros años Vox hizo bandera de la defensa de la tradición, de la cultura española y de los valores cristianos. Un discurso que conectó con miles de votantes desencantados con la deriva ideológica del Partido Popular, que había abandonado prácticamente cualquier referencia a esos principios.
El problema es que, con el tiempo, esa defensa ha demostrado ser en muchos casos más una estrategia política que una convicción real.
Hacia fuera se habla de tradición, de familia y de valores cristianos. Pero dentro del partido esas referencias rara vez se traducen en comportamientos coherentes o en una cultura política acorde con esos principios.
Después de años cubriendo la política madrileña, cada vez me encuentro con más dirigentes y militantes de Vox cuyo talante, actitud o forma de actuar poco tienen que ver con esos valores que dicen defender en público. Aún quedan algunos con buenas intenciones, pero saben que levantar la voz significa perder la cabeza.
La coherencia entre lo que se predica y lo que se practica es siempre la verdadera prueba de cualquier proyecto político. Y ahí Vox empieza a mostrar grietas evidentes.
A todo esto se suma algo que el profesor Miguel Anxo Bastos suele explicar con bastante claridad cuando habla de los partidos políticos: la llamada ley de hierro de las oligarquías. Una teoría clásica formulada por el sociólogo Robert Michels que sostiene que toda organización, por muy democrática o idealista que sea en sus inicios, acaba inevitablemente controlada por una élite reducida que concentra el poder y protege sus propios intereses.
Vox no ha escapado a esa lógica.
Un partido que nació apelando a la regeneración política ha terminado configurando su propia oligarquía interna. Un núcleo reducido que decide, controla y depura. Un aparato que se protege a sí mismo y que no tolera fácilmente las voces incómodas.
Y luego está la cuestión ideológica que Vox nunca ha querido aclarar del todo: el persistente tufo falangista que desprenden algunos sectores de su entorno político. Un aroma a viejo nacional-sindicalismo que chirría con la imagen moderna y liberal que el partido trató de proyectar en sus primeros años.
El resultado de todo este proceso es bastante evidente.
El partido que prometía regenerar la política española ha terminado comportándose como cualquier otro aparato político. Control interno férreo, liderazgo incuestionable, expulsión o salida de figuras incómodas y una estructura diseñada para mantener el poder dentro de un círculo cada vez más pequeño.
Nada nuevo en la política española.
La diferencia es que Vox nació prometiendo justo lo contrario.
Por eso, cuando uno recuerda aquel acto de Pozuelo en 2017, no puede evitar cierta sensación de decepción. Allí parecía que estaba naciendo una alternativa política real para una parte de la derecha española que llevaba años huérfana.
Casi diez años después, la imagen del partido es desoladora.
Vox no ha cambiado el sistema. El sistema ha terminado cambiando a Vox.
Y lo que queda de aquel proyecto no es una revolución política ni una alternativa real. Es otro partido instalado en el mismo ecosistema que decía combatir, alimentado por el dinero público y dirigido cada vez más por los intereses personales de personajes que operan en la sombra.
La política española no necesitaba otro aparato.
Pero eso es exactamente en lo que Vox se ha convertido.
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