Cuando, lamentablemente, aciertas, ay

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"El incendio nuestro de cada día". Este era el titular del comentario que envié a varios periódicos apenas doce horas antes de que se produjese la tragedia de Los Gallardos, en Almería. Soy un convencido de que nuestras diversas administraciones siguen sin incluir el combate contra los incendios en una prioridad absoluta.

Y temo mucho que la vigilancia se relaja cuando lo primero es otra cosa, pongamos las negociaciones para seguir gobernando o el nombramiento de los nuevos consejeros, y no hablo solamente de la Junta de Andalucía, hoy, claro, conmocionada.

"Los incendios, físicos o metafóricos, son la tónica de los titulares de cada día en este país nuestro. El año pasado se quemó casi el uno por ciento del total de la superficie nacional, dejando, calculé yo (no hay cálculos oficiales), cincuenta mil afectados, de ellos cuatro muertos (uno en mi municipio); de las llamas metafóricas que devoran nuestra credibilidad en unos representantes que ni se inmutan al ver las desgracias de las víctimas ya ni hablo: muchos ni se han recuperado de las pérdidas, ni han recibido indemnización alguna. Ahora volvemos al desastre". Este es un párrafo del comentario que envié este jueves, muy poco antes de la catástrofe que ha provocado al menos once muertos (cuando escribo este artículo) en Los Gallardos.

Hubo de incendiarse parte de mi casa el pasado mes de agosto para que tomase plena conciencia del olvido en el que nuestros responsables nos tienen a los ciudadanos, de manera especial a los afectados por alguna desgracia. No estoy siendo injusto, ni extremado; quizá esté respirando por la herida, pero hoy, ahora, la herida son esas once personas trágicamente fallecidas en la tarde-noche de este jueves en su disfrute vacacional en Almería.

Avisé a responsables de mi municipio, una localidad madrileña, del riesgo extremo de incendio en la zona. Lo hice tres años antes de que esta localidad registrase uno importante el pasado agosto, que destruyó varios casas, pastos, vegetación, ganado y, lo peor de todo, una vida, que podrían haber sido muchas más y que solo un milagroso cambio en la dirección del viento (aún no tenemos el informa oficial de las causas) evitó.

Nunca me hicieron el menor caso, y eso que venía avalado por la opinión de un experto de las Naciones Unidas. Este año tampoco parecen los responsables inmutarse ante las denuncias, ante el incremento agobiante del calor, ante la dejadez patente: aquí todo se resuelve con propaganda sobre lo bien que se hacen las cosas, mostrando el mismísimo presidente del Gobierno en rueda de pr5ensa la flota de aviones contra las llamas, para que luego averigüemos que solo menos de la mitad están en funciones.

Y así, resulta que Andalucía vivía pendiente de las negociaciones para formar gobierno y nombrar consejeros y, claro, se olvidaron de gobernar. Siento tener que decirlo en estos términos (no faltará quien me acuse de demagogia: ya no me importa), pero la verdad es que resulta muy difícil ocuparse de los intereses de los ciudadanos cuando tan preocupado estás de preservar, como sea, los intereses propios. ¿Esto es politizar un incendio, una tragedia tan grande como la de los Gallardos, como se 'politizaron' otras catástrofes anteriores? Pues si usted quiere, sí. Porque política es todo aquello que afecta a la cosa pública, al bienestar (o al malestar en ciertos casos) de los ciudadanos.

Perdón por la autocita, completamente obligada aquí: escribía yo este jueves, antes del horror: "O sea, que no hemos aprendido nada. Siento mencionarlo, pero todo lo antedicho significa un fracaso para nuestras distintas administraciones. Una muestra más de que el país no funciona como debería. Que este año pudiera repetirse la estadística del anterior, cuando España ardía por los cuatro costados mientras los gobiernos central, autonómicos y locales se peloteaban las culpas, en lugar de cooperar de manera efectiva para paliar las catástrofes, sería simplemente inaceptable".

Pues lo inaceptable, ay, ha vuelto a ocurrir. ¿Cuándo asumiremos que hay que invertir, vigilar y trabajar más, para evitar las catástrofes, salvar vidas y haciendas, preservar el medio ambiente y los bienes? Es, simplemente, la tarea primera y esencial que ha de acometer un gobierno, todos nuestros diversos y variopintos gobiernos, siempre tan ocupados en otras cosas.

Acerté, ay, y bien que lo lamento.


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