El Nobel y la autócrata

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El columnista se siente mejor desde que ha escuchado a un premio Nobel, Paul Krugman, decir públicamente que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no está en sus cabales. Me reconforta frente a quienes afean mis referencias al "cabestro de la Casa Blanca" como un matón de barrio, supremacista, desequilibrado, imprevisible y poseído por T.

E.I. (Trastorno Explosivo Intermitente), un síndrome perfectamente descrito en los manuales de Psiquiatría.

El discurso conmemorativo del 250 aniversario de la independencia norteamericana, la cacicada perpetrada en el Mundial a través de su amigo Infantino (suspensión de la tarjeta roja a un jugador de la selección de EE. UU.), su vuelta a las hostilidades contra Iran y su más reciente paso por la cumbre de la OTAN en Ankara, han sido una fuente inagotable de motivos para extrañarse de que nadie haya reclamado el ingreso del personaje en un centro psiquiátrico.

Los cuatro lances mencionados multiplican los motivos para esperar que de las urnas de noviembre ("medio mandato") salga una mayoría que le pare los pies. Hasta entonces, vía libre para denigrar al personaje, a riesgo de desbordar la función retórica en una pieza opinativa y regalar al discrepante una excusa para eludir el fondo de la cuestión.

Aun así, mantengo esos calificativos en justa reciprocidad con la vara de medir que Trump aplica con desenvoltura en insultos a periodistas que hacen preguntas incómodas. Y a quienes osan llevarle la contraria, ya sean figuras aforadas en el servicio al Estado, jueces, fiscales, gobernadores, alcaldes, senadores, o mandatarios de otros países contra los que descarga su cólera bélica o arancelaria.

Nos interpela el fondo de la cuestión. El mundo está en manos de un lunático al frente de un sistema presidencialista, lo cual favorece su natural inclinación hacia el absolutismo de su discurso. No es casual que el ya ostensible malestar de la sociedad norteamericana denuncie una cierta mutación del sistema presidencialista hacia el que sería propio de las gloriosamente fenecidas monarquías absolutas.

De ahí el incipiente movimiento anti trumpista del "No Kings" ("No queremos reyes"), que viene de la época de los colonos enfrentados al rey Jorge III de Inglaterra (1760-1820).

Miren por donde uno detecta el mismo patrón que inspira a nuestro Pedro Sánchez. Salvando las distancias, claro, porque Trump juega en otra liga, a escala planetaria. Pero el español nos da motivos para sospechar que está favoreciendo una mutación del sistema parlamentario al sistema presidencialista.

Si al árbitro, o el juez ("lawfare") pita a favor es bueno y cumple con su deber. Si no, se convierte en un enemigo.


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