¿Cómo nos ha podido ocurrir todo esto?

¿Cómo nos ha podido ocurrir todo esto?

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Estoy sentado con un hombre que hizo mucho por la democracia. Es una conversación 'off the record' que tiene mucho que ver con la próxima publicación de unas memorias, las suyas, que revelarán muchas cosas que hasta ahora no se habían contado. Desde las ventanas que dan a la terraza se ven los preparativos, zona centro de Madrid, para la visita del Papa. Un país alborozado, ordenado, que cumple las normas restrictivas impuestas por esta visita con afluencia masiva, recibía este sábado a León XIV. Pero yo hablo con mi interlocutor de la otra cara de esta nación: la que se refleja estos días tremendos en las portadas de los periódicos, con el rostro de una mujer sembradora de corrupciones y que ahora sustituye al de otro 'fontanero', Koldo, con un intervalo estelar en los titulares escandalosos nada menos que para dedicárselo a un ex Presidente del Gobierno.

--¿Cómo nos ha podido ocurrir esto?-me pregunta mi interlocutor, interrumpiendo un intenso relato acerca de cómo llegamos en España a ser una democracia plena, un país envidiable, hace de eso medio siglo.

No lo sé. Ignoro cómo la degeneración moral, social, económica, cultural y política acumulada durante casi dos décadas ha llevado a que gente como Leire Díez, Koldo, Abalos y muchos de los nombres de empresarios, policías, periodistas o simplemente políticos que enlodan las páginas de los diarios y los noticiarios de radios y televisiones todavía tengan mas protagonismo, por ejemplo este sábado en las portadas, que el mismísimo Papa de Roma.

No lo sé, le repito; pero tengo una intuición. La 'España de los quinientos', que representa a la cúpula institucional, política y de alguna manera social de nuestro país se reúne en el Palacio Real para saludar a León XIV en su histórico -lo será por muchos motivos-viaje a Madrid, Barcelona y Canarias. Pero, al tiempo, es una España cómodamente instalada en sus privilegios, que se empeña en mirar hacia otro lado cuando los cubos de la basura se acumulan en determinadas sedes, y no hablo solamente de la de algún partido político, que por supuesto también.

¿Cómo nos ha podido ocurrir todo esto? Pues en parte porque la 'España de los quinientos', tan formal y feliz mostrando sus medallas en los uniformes y sobre las togas, tan ocupada en sus bufetes internacionales y en sus sillones rentables de altos funcionarios, se empeñó en mirar siempre para otro lado. Primero, con el llamado emérito, considerando que había más en su haber que en su deber, como si aquellas trapisondas careciesen de importancia; al fin y al cabo, era de los nuestros. Luego vino casi todo lo demás.

Ahora, el mismísimo presidente del Gobierno y secretario general del partido que gobierna, sin duda el hombre más poderoso del país -no me hagan chistes con la presidencia del Real Madrid, por favor-, el que forzosamente tiene información que nadie más poseemos, alega ignorancia total de lo que se hacía en su círculo más íntimo. Tengo ante mí sus fotografías, que él quisiera hacer desaparecer, junto con Leire Díez, la fontanera de las miserias y de las cañerías sucias, o con el 'aizkolari socialista' Koldo: no me puede decir que su contacto fue casual, fortuito. Si así fuese, Sánchez debería ser cesado -pero ¿por quién?- por una 'negligencia in vigilando' culposa.

Y aquí, nadie, entre 'los quinientos', dice nada en alta voz -sí dicen mucho en los comentarios de cenáculos-, más allá del obligado papel de la oposición, claro. Resulta que ahora surge un centenar de militantes del PSOE, jóvenes y perfectamente desconocidos hasta el momento -cuando han decidido dar la cara-, que, a través de un manifiesto, otro manifiesto socialista minoritario, piden al compañero secretario general que dé un paso a un lado y se retire de la carrera. Tendrán el mismo éxito que el ex ministro Jordi Sevilla cuando sugería, en plan más moderado, algo semejante: ninguno.

Pero todo esto, le digo a mi veterano e importante interlocutor, sucede también porque ninguno de esos cien militantes 'de base' figuran ni figurarán jamás en las nóminas de la 'España de los quinientos', donde el frío se combate con la calefacción y el calor con un buen aire acondicionado y donde se admiran, camino al salón del trono -no, el Rey ninguna culpa tiene de esta alienación-, las pinturas de Goya, mientras se comentan las delicias del último restaurante de moda. ¿Ves por qué nos ocurre todo esto?


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