Qué duda cabe de que las sesiones de investidura de Guardiola en Extremadura, de Jorge Azcón en Aragón, de Mañueco en Castilla y León y, dentro de poco más de un mes, de Moreno Bonilla en Andalucía significan algo más que la consolidación de gobiernos autonómicos.
Se está jugando, quizá, la configuración del futuro Gobierno de España, mediante un pacto PP-VOX que, según todas las encuestas, sería el vencedor absoluto ahora en unas elecciones generales. Pero, claro, hay mucho camino que recorrer hasta ese momento.
¿Está El País preparado para una gobernación de la derecha en la que esté presente una fuerza 'populista' como Vox? Es la primera pregunta que al observador ocasional puede ocurrírsele. ¿Podrá el Partido Popular, en una difícil convivencia con el partido a su derecha, limar las aristas más agresivas que muestra la formación de Abascal? Esa podría ser una segunda pregunta. Por cierto, temo que en parte ya inicialmente respondida por el tenor de las negociaciones entre PP y Vox en Extremadura, Aragón y Castilla y León, mañana quizá en Andalucía, aunque probablemente allí Moreno Bonilla logre salir indemne, merced a una mayoría absoluta, de un pacto con un 'extraño compañero de cama' (Churchill dixil). Seguro que el presidente de la Junta andaluza aprovechará la campaña, que comienza este viernes, para desmarcarse lo máximo posible de Vox.
Porque hasta ahora Vox ha impuesto su huella tanto en Extremadura como, más grave para la imagen del PP, en Aragón y seguramente también en Castilla y León. Ni la 'prioridad nacional' en la acogida y trato a los migrantes, ni las restricciones a la acogida de menores, ni las trabas a la energía renovable, ni las suspicacias ante los objetivos 2030 o el avance europeo, para no hablar ya de la simpatía por Trump, son elementos que estén en el ADN del PP. Que calla y otorga, porque, si París bien valía una misa, la presidencia de Aragón o de Castilla y León bien vale, parece, tragar unos sapos de los que los responsables nacionales del PP, con Feijoo a la cabeza, no quieren ni hablar si pueden evitarlo.
Hasta el momento, los principales líderes autonómicos 'absolutos' del PP, Isabel Díaz Ayuso, Alfonso Rueda, Juanma Moreno, incluso López Miras en Murcia, han rechazado, aunque sin grandes alharacas, el contenido de los acuerdos con Vox al que se han visto forzados Guardiola primero y Azcón, uno de los valores políticos más sólidos en el PP, ahora. Cuánto puedan dañar la imagen de Azcón o de Fernández Mañueco, dos 'barones' consolidados en el principal partido de oposición, los pactos con Vox, cuánto puede desgastarles en el futuro inmediato la cogobernación con una formación tildada de ultraderechista, resulta ahora algo imprevisible. Mucho dependerá del comportamiento de Vox, de su voluntad de moderación. Incluso de lo que ocurra en las relaciones de este partido con la Administración Trump, que es algo que las encuestas muestran que los españoles rechazan.
El futuro está abierto y algún tipo de alternativa, por muy inestable que se muestre, resulta inevitable, aunque el desgaste del PSOE, con todos los escándalos que se airean estos días en los juicios a Abalos y compañía, no está siendo, muestran las encuestas, tan profundo como pudiera haber sido inicialmente pensable: Sánchez está sabiendo jugar bien sus cartas en el tablero mundial y eso repercute en las encuestas de voto nacional. Y, por el contrario, el PP no está sabiendo contrarrestar con la eficacia suficiente la 'ofensiva internacional' de Sánchez, el omnipresente.
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