Orgullosos herederos del espíritu barrial de Los Chichos, los amores de feria y la electrónica "choni", Camela ha debutado este viernes en el palacio musical más emblemático de su ciudad ante más de 8.000 personas que han celebrado sus 25 años de singularidad y éxito comercial frente a todo prejuicio.
Ángeles Muñoz y Dioni Martín, cuñados e impulsores de este proyecto ya generacional, se han puesto así una corona largo tiempo demandada por los miles de seguidores que agotaron todas las entradas de su primera cita en el WiZink Center de Madrid, en pleno Distrito de Salamanca y en la más simbólica de las paradas de la gira de aniversario.
De sobra son conocidos sus orígenes: la buena marcha de casetes autoeditadas y distribuidas en gasolineras les llevó a publicar en 1994 con un pequeño sello su primer LP, "Lágrimas de amor", y conforme proseguían los lanzamientos y las ventas crecían por el boca a boca, una multinacional apostó por ellos hasta despachar más de 7,5 millones de copias, sin altibajos siquiera en la era del "streaming".
Auténticas turbinas en la facturación de tecnorrumbas sentimentales, parecía difícil resumir sus 17 discos de estudio en unas dos horas de concierto, pero el dúo ha hecho sonar 16 cortes íntegros y otros tantos de manera fugaz en un repaso por todos esos álbumes, en especial el segundo, "Sueños inalcanzables" (1995).
Originalmente un trío y convertidos en el grupo español de mayor éxito del Siglo XXI por detrás de La Oreja de Van Gogh (como bien subrayaba hace unos días el candidato del PP por Extremadura, José Antonio Monago), el de Camela este viernes ha sido el asalto de la periferia al Madrid de las élites.
Porque la transversalidad de su triunfo, que en su recopilatorio "Rebobinando" (2019) conjuga entre los invitados el glam petardo de Alaska y el compadreo de barrio alto de Willy Bárcenas, se ha dejado sentir también este viernes entre el público, con princesas de extrarradio de todas las edades en diálogo con postmodernos.
Ha sorprendido que en el concierto no hubiese más colaboradores de ese último trabajo, no tanto que no se produjera el reencuentro con su excompañero Miguel Ángel Cabrera, al cual se ha obviado hasta en las imágenes de archivo y cuya marcha en 2013 se compensó con la incorporación al proyecto en una discreta segunda línea del hijo de Dioni Martín, Rubén.
Con seis músicos en total y la guitarra eléctrica y el sintetizador en primer plano, los dos Camela supervivientes se han bastado para desbaratar a sus fans desde que a las 22 horas ha arrancado el concierto bajo los acordes metalizados de "Sueños inalcanzables" y versos encarnados que, al escucharlos, es imposible desligar de su melodía: "Escúchame, entiéndelo, es imposible nuestro amor".
"No sabéis lo que significa estar aquí", ha constatado Muñoz, en medio de una sencilla escenografía de luces y una pantalla de medianas proporciones como elementos visuales de un show, eso sí, con los vatios a plena potencia y los arreglos de politono que son marca de la casa.
Racionalmente repartidos, entre los temas menos radiados no han dejado de sonar "hits" como "Nunca debí enamorarme" o "Háblale de mí", con el teclado desplegando cabriolas de fantasía sobre las voces de los protagonistas, tan características en tus tesituras imposibles como los giros de Martín sobre el escenario o la simulación de amantes despechados.
"El primer artista que vi aquí fue a Camarón de la Isla hace 30 años y yo tenía en mi cabeza que algún día cantaría en el Palacio de los Deportes de Madrid", ha desvelado el cincuenta por ciento masculino del dúo antes de bajar revoluciones con una de sus "favoritas", "La estación del querer".
Tras "rebobinar" la historia hasta sus primeros años en un popurrí en el que han cabido "Más la quiero yo", "Pensando en ti" o "Corazón indomable", el siguiente clímax del espectáculo ha llegado con la seminal "Lágrimas de amor", ya en el Ecuador, en medio de un mar de brazos en alto que ha sido la tónica de toda la velada.
Con Demarco Flamenco, heredero de su influjo, han interpretado la leve "Has cambiado mi vida" y contra el maltrato de género y por todas esas mujeres que "han de dar un paso en su vida" han querido cantar "Ya se acabó tener dueño", con María Toledo al micrófono y al piano.
Muñoz no ha podido contener las lágrimas al recordar a su padre, ya fallecido, justo antes de interpretar "Por siempre tú y yo" y "Camela", en la que les ha acompañado Rubén Martín.
Así se han ido a los bises, "No puedo estar sin él" y la imprescindible "Cuando zarpa el amor", que ha puesto el barco del dúo rumbo a su próxima parada para seguir bailando sus lágrimas y alegrías en otros puertos del país, aunque sea de espaldas al favor de la crítica.
"Vosotros sois nuestro premio de la música, nuestro Grammy", han dicho tras prometer que este no será su último WiZink Center.