Poco o nada se sabe sobre las élites sociales de nuestro país, aquellas que pueden verse durante los inviernos en la capital y durante los veranos en el norte; que viven en su propio mundo de lujo, contactos y dinero antiguo que no podemos evitar, en algunas ocasiones, envidiar o temer.
No obstante, a veces tenemos la oportunidad de poder asomarnos brevemente a este entorno, y en este caso se hará de la mano de Bárbara Arena (Madrid, 1988), que proviene de este ambiente y que ha querido retratarlo con la exactitud propia de una verdadera cronista. Es así su intención al publicar su primera novela, “Un adiós” (2025, Lengua de Trapo), una obra perteneciente a la colección Episodios Nacionales en colaboración con el Círculo de Bellas Artes que, haciendo un guiño a Galdós, pretende reflejar la sociedad española de la democracia y que ha sido un verdadero éxito editorial.
El relato comienza presentando a una mujer ya adulta, casi rozando la vejez, que se arregla para asistir al funeral de una figura central en la sociedad española —no sabemos su nombre, pero el lector puede imaginar quién es—, no tanto para confirmar su muerte, sino para confirmar su pasado, revivir las vivencias de su juventud. La novela, que es bastante breve —apenas de 114 páginas—, dura lo que tarda el viaje en taxi hasta el evento, pero va mucho más allá: la protagonista fue víctima de este ¨personaje ilustre¨ (así es como lo denominan), teniendo que asumir las consecuencias de un embarazo no planeado en un entorno que aún asfixiaba a las mujeres con el peso de la honra familiar. Y es que, ¿qué se hace cuando la persona más poderosa del país te desea y luego, con la misma facilidad, te abandona? ¿Qué debe hacerse con el niño? Y, más importante aún, ¿qué lugar pasa la mujer a ocupar?
Bárbara Arena, que lleva ya varios años con un reconocido perfil en las redes sociales, escribe de manera parecida a sus publicaciones en esas redes. Así, cuenta una historia dramática, de final incluso atroz, pero lo hace con un lenguaje sincero y empleando un inevitable deje de ironía. El niño nacido, a pesar de ser inmensamente querido por su madre, no es sino la evidencia de una vergüenza que la mujer debe llevar a rastras como si la culpabilidad solo pudiera recaer en la mitad de una pareja. Y, a su vez, el más puro reflejo de un hombre poderoso que ha vivido acostumbrado a tener siempre todo al alcance de su mano, con la capacidad de cambiar vidas ajenas a su antojo y sin pensar en las consecuencias de ninguno de sus actos. Y, con esto, uno debe preguntarse: ¿acaso este panorama difiere tanto en función de los distintos estratos sociales? ¿O es que los españoles nos parecemos entre nosotros mucho más de lo que creemos? Dependerá del lector asumir la cercanía —o no— con esta mujer, que no deja de ser otra perjudicada más de un sistema que nos atraviesa en todas las direcciones.