Javier Correa Román (Madrid, 1995) es librero, editor y escritor además de colaborador habitual en la revista “Filosofía&Co” y el periódico digital “El Salto”; es coautor, junto a Myriam Rodríguez del Real, en varios ensayos filosóficos tanto de divulgación –“Filosofía para jóvenes y pensar para cuándo”– como relativos a su propio pensamiento: de estos deben destacarse “Micropolítica del amor” o “Estética y emancipación, hacia una teoría del arte de lo común”. Como creador su labor fundamental es la poesía; faceta a la que ahora debe añadirse la de novelista a partir de “No sé hablar del mar” (Demipage, 2026), su primera publicación en este género.
La novela se presenta desde un primer momento con un modelo rompedor: 46 capítulos cortos, llenos de prosa poética, plagados de metonimias relacionadas con la naturaleza y narrada desde la voz de Dani, un niño. La acción se sitúa en una casa en la periferia de Madrid, allí encontramos a Dani, a sus hermanos (un chico y una chica), a un padre conflictivo y a una madre cansada. A través de 45 líneas de autobuses de la EMT, Correa se va adentrando más y más en lo que Dani y su familia viven a diario. Dani no solo habla de sí, de cómo su cuerpo entero está colonizado por la violencia, sino que también deja conocer cómo se desarrolla la vida de la hermana una vez se va de casa o el carácter de la madre según pasan los años. Dani presenta a su hermano, Guille, como un espejo, en el que se mira y reconoce lo que está mal, que lloran por lo mismo y son, juntos, por lo que salen adelante, de la mano. Son en la novela, dos gotas de una misma agua.
Es interesante cómo, aunque el protagonista va creciendo, el tono, las onomatopeyas y las descripciones siguen manteniendo su tinte infantil. No por ausencia de profundidad, sino como un estatuto que confirma, página por página, que, ante la injusticia de una violencia sin precedentes, nunca existe una respuesta madura, mucho menos segura. Responder a la violencia se siente, en una gran mayoría de casos, como Correa cuenta que se sienten sus personajes: perdidos en la oscuridad, sabiendo que alguien está con ellos y decidiendo gritar, nunca sabiendo si lo que han conseguido es pedir ayuda o alertar de dónde están.
Toda la historia está contada sin signos de puntuación, lo cual puede resultar lo más disruptivo en un primer contacto. Acostumbrados a las guías que proporcionan las comas y los puntos, Correa busca que a través de la estructura y el ritmo no se le haga necesario al lector una detención pautada, sino que a través de la sinergia propia que consigue, él mismo sepa cuándo debe parar.
La novela sabe jugar en la ambivalencia de la propia violencia, aquello que pasa pero que parece casi indescriptible debido a la magnitud de los hechos, debido al silencio que se impone, públicamente, sobre ello. En casa de Dani todos saben qué tonos, qué caras o qué acciones indican golpes, de la misma manera que reconocen las amenazas falsas. Es la primera pieza del puzzle que se reconoce en el mapa de la violencia. Una infancia llena de sueños, insomnios y huesos grises que parecen hundir el cuerpo en una narrativa que no es propia, pero que caracteriza.
Es así, entre llantos y complicidades de los hermanos, que la adolescencia llega, y con ello, el reconocimiento de un cuerpo que se había convertido para la violencia. Se cambian de colegio, pero los demonios les persiguen, nunca están solos. Y es ese estado de hipervigilancia a estas sombras, el que provoca a las personas que empiecen a caminar jorobadas, inclinadas por esa hacha que han recibido en el pecho. Y parece que si gritan mucho, si presionan a su alrededor lo suficiente, por la fuerza propia del esfuerzo, esta hacha acabará saliendo despedida. Dejándolas en paz, dejándolas con la posibilidad de volver a reconstruir la forma de un cuerpo que ha sido tratado como plastilina. Es de esto, de lo que se encarga Dani de explicar. En este punto, las víctimas toman el papel de las sombras, y cuando la novela ya había sido, cuanto menos, desgarradora, ahora Correa se encarga de rematar al lector: el desprecio de Dani por sí mismo, la manera autodestructiva de existir que ha tomado, le está matando en vida. Hasta que pasa algo que le confirma que nunca estuvo muerto realmente.
Así termina este libro, dejando destrozado al lector, en un día cualquiera, un día a las 9 de la mañana en la C5 yendo a la biblioteca o haciendo la compra, viviendo el dolor, la desazón, con musgo en los pulmones por la humedad que sueltan sus ojos durante esos últimos capítulos. Es una lectura rápida, pero que se queda durante semanas. Durante los días que se lee, en los que se acompaña la narración dando recorrido a esa historia, los días de después, en los que se piensa en esa familia, y en otras miles de familias que saben, de primera mano, con más o menos matices, lo que este libro cuenta. Y lo más bonito, es que debajo de tanta violencia, veo la ternura.
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