“Estambul sentimental”: un diálogo íntimo con la ciudad que no cesa de latir

“Estambul sentimental”: un diálogo íntimo con la ciudad que no cesa de latir

Hay libros que se escriben para entender una ciudad y otros que se escriben para no estropearla. “Estambul sentimental” (Editorial Confluencias, 2025), el nuevo ensayo de Fernando Vara de Rey (Madrid en 1969), pertenece claramente a la segunda estirpe. Es un libro que camina de puntillas, que observa sin invadir, que prefiere la insinuación al énfasis y el matiz al subrayado. Un libro educado, atento, casi pudoroso, como si su autor no quisiera levantar demasiado la voz en una ciudad que lleva siglos hablando sola.

Vara de Rey no es un recién llegado ni a Estambul ni a la escritura. Diplomático cultural, actual director del Instituto Cervantes en la ciudad, y poeta antes que ensayista, ha ido dejando en libros anteriores –“Conocimos Polonia” (Hebraica Ediciones, 2012), “Hembras de agua” (Editorial Devenir, 2013), “Lecciones de autonomía para alumnos boquiabiertos” (Sapere Aude, 2023), este último reseñado en este medio– una huella reconocible: una prosa y unos versos sensibles, reflexivos, más interesados en el temblor que en la tesis. En “Estambul sentimental” esa voz está presente, pero contenida, como si el autor hubiera decidido cederle el protagonismo casi absoluto a la ciudad, incluso a costa de borrarse un poco a sí mismo.

El libro se articula en un prefacio y cinco partes –“La ciudad nostálgica”, “Rutinas y sobresaltos”, “Itinerarios”, “Lugares” y “La ciudad espiritual”– que funcionan más como corrientes subterráneas que como compartimentos estancos. No hay aquí una voluntad sistemática ni una argumentación progresiva. Hay fragmentos, escenas, pensamientos breves que se suceden como pasos dados sin prisa. El prefacio deja claro que no estamos ante una guía ni ante un ensayo académico: esto es, más bien, un cuaderno de convivencia, el resultado de vivir en Estambul y dejar que la ciudad haga su trabajo silencioso sobre quien la habita.

“La ciudad nostálgica” abre el libro con una melancolía suave, nada impostada. No es la nostalgia grandilocuente del imperio perdido ni el cliché orientalista, sino una tristeza leve, casi doméstica, que se filtra en las calles, en los edificios gastados, en la conciencia de que todo aquí ha sido ya otra cosa. Vara de Rey escribe bien cuando se detiene en esa sensación de tiempo acumulado, en la idea de que Estambul no recuerda: pesa. Y que vivir en ella implica aprender a moverse bajo ese peso sin dramatismos, baja esa historia que late. 

En “Rutinas y sobresaltos”, el ensayo se vuelve más urbano y más inmediato. La ciudad aparece en movimiento: el transporte público, los gestos repetidos, los pequeños choques culturales en las costumbres, los terremotos tan temidos en aquellas tierras, la convivencia entre lo previsible y lo inesperado. Aquí el autor demuestra una mirada afinada para lo cotidiano, para ese tipo de escenas que no suelen entrar en los libros porque no parecen importantes, pero que en realidad sostienen la vida. Hay humor discreto, ironía leve y una constante sensación de estar mirando desde dentro, no desde la vitrina del visitante.

“Itinerarios” es quizá la parte más reconocible para el lector que busca un Estambul caminable. Los paseos por barrios, los cruces entre Europa y Asia, las referencias históricas y personales se entrelazan con naturalidad. Pero incluso aquí Vara de Rey evita la tentación de la erudición exhibida. Camina, mira, recuerda, y escribe desde esa experiencia sin convertirla en lección. La ciudad no se explica: se acompaña. “Asia y Europa templan su lejanía con un permanente juego de espejos: los palacios Dolmabahçe y Beylerbeyi, las mezquitas de Ortaköy y Şemsi Paşa, los jardines de Emirgan y Fetih Paşa. Son simetrías espléndidas, portentos nacidos del albur o de la melancolía”.

En “Lugares”, los espacios concretos –una mezquita, un café, una plaza– adquieren una densidad casi simbólica. No como postales, sino como depósitos de vida. La prosa se vuelve más lenta, más contemplativa, y el libro roza en varios momentos una especie de misticismo laico: la idea de que los lugares nos observan tanto como nosotros a ellos. Es una sección hermosa, aunque en algunos pasajes da la impresión de que el autor se queda deliberadamente a un paso de implicarse del todo, como si temiera que una presencia más marcada rompiera el equilibrio.

Esa sensación se matiza y se profundiza en “La ciudad espiritual”, el cierre del libro. Aquí Estambul aparece como un territorio atravesado por lo sagrado, entendido no solo como experiencia íntima, sino como convivencia histórica de creencias. Vara de Rey habla del islam cotidiano y audible –la llamada a la oración marcando el ritmo del día–, del cristianismo que persiste en iglesias discretas y memorias bizantinas, del judaísmo que sobrevive en la huella sefardí y en la nostalgia de las diásporas. 

Más que un inventario religioso, el autor propone una reflexión sobre cómo estas tradiciones coexisten, se rozan y se influyen, creando una espiritualidad urbana que no pertenece a nadie y, al mismo tiempo, a todos. La ciudad se convierte así en una experiencia de trascendencia sin dogma, en un espacio donde lo sagrado no se impone, sino que se filtra.

Al final, “Estambul sentimental” deja una sensación delicada: no dicta, no enseña, no conquista. Se limita a ofrecer un espacio de contemplación, donde la ciudad y el lector pueden encontrarse sin ruido, y donde cada calle, cada mezquita, cada café parece susurrar historias que seguirán resonando mucho después de cerrar el libro. Un ensayo que no ocupa, sino que acompaña; un gesto de cercanía con la ciudad, casi un acto de paciencia y de respeto.

Es un libro elegante, profundamente honesto y bellamente escrito. “Estambul es, en definitiva, un formidable palimpsesto en el que los saberes y los mitos se superponen y se entreveran”, escribe Vara de Rey. Sin duda, un ensayo que no pretende conquistar la ciudad, sino convivir con ella. Y eso, en los tiempos ruidosos que corren, es casi un acto de resistencia.

@estaciondecult