Hay noches en las que uno acude al Teatro de La Zarzuela dispuesto a dejarse llevar por la elegancia del género… y acaba, en cambio, en medio de un estadio ruidoso, rodeado de vídeos desconcertantes y con parte del público gritando “¡Ya está bien!”. Esta nueva producción de “Jugar con fuego”, con música de Barbieri y libreto de Ventura de la Vega, dirigida escénicamente por Marina Bollaín, no deja indiferente; más bien provoca desconcierto y, por momentos, abierto rechazo.
La propuesta traslada la acción original a un estadio de fútbol, desarrollándose antes, durante y después de un partido, incorporando además el palco de las élites como espacio simbólico de poder. La idea, en principio sugerente, pretende establecer un paralelismo entre las pasiones románticas de la zarzuela y la intensidad emocional del fútbol moderno. Sin embargo, el resultado final se mueve entre el interés conceptual y una ejecución escénica discutible.
“Jugar con fuego” es una zarzuela en tres actos que gira en torno a enredos amorosos, identidades ocultas y conflictos de clase. La protagonista, la duquesa de Medina, se ve envuelta en una trama sentimental con Félix, un joven de origen humilde al que oculta su verdadera identidad. A su alrededor orbitan personajes como el marqués de Caravaca o su padre, el duque, que contribuyen a la formación de una red de equívocos, celos y estrategias sociales. Como es habitual en el género, la obra combina momentos cómicos con otros de lirismo apasionado.
La adaptación al entorno futbolístico no carece de potencial: el estadio como espacio de masas, de tensiones sociales y de exhibición de poder encaja, en teoría, con los conflictos de la obra. El uso del palco para representar a las élites funciona como metáfora visual clara, subrayando la distancia entre clases.
Sin embargo, la propuesta se diluye en una acumulación de elementos que terminan por entorpecer la experiencia. Especialmente problemáticos resultan los vídeos proyectados al inicio de cada acto, en los que se ve a personas entrando al estadio o al propio campo. Estas secuencias, de estética casi documental, no guardan relación alguna con el tono ni con el ritmo de la música de Barbieri. La desconexión es tan evidente que rompe la atmósfera teatral.
El momento más tenso llegó con el tercer vídeo: mientras en la pantalla continuaban desfilando imágenes de aficionados accediendo al estadio, en la sala crecía un murmullo de desaprobación que terminó imponiéndose. Fue un instante de fractura entre propuesta escénica y recepción, difícil de ignorar.
A esto se suman diálogos añadidos que no pertenecen al libreto original y que, lejos de enriquecer la dramaturgia, resultan superfluos. En muchos casos, estos textos no aportan profundidad ni coherencia, sino que alargan innecesariamente la acción. El desenlace, con la aparición de ultras en escena, busca intensificar el clima de tensión, pero cae en lo caricaturesco y termina por desviar la atención de la resolución dramática.
En el apartado musical, la dirección de Álvaro Albiach ofrece una lectura sólida y bien articulada de la partitura. La orquesta responde con precisión y sensibilidad, destacando los contrastes dinámicos y el refinamiento melódico característico de Barbieri.
No obstante, el constante movimiento escénico y el desorden visual dificultan la escucha atenta. En varios momentos, la atención del espectador se ve más absorbida por lo que ocurre en escena que por lo que sucede en el foso, lo que impide disfrutar plenamente del trabajo musical.

El elenco presenta un nivel general correcto, con algunos momentos destacables. Berna Perles, como la duquesa de Medina, ofrece una interpretación desigual. En los pasajes líricos muestra un fraseo elegante y una línea de canto cuidada, pero en las zonas más exigentes de la tesitura se evidencian dificultades técnicas: algunos agudos aparecen forzados, con emisión tensa y pérdida de control, lo que se traduce en gallos puntuales que rompen la continuidad musical.
Antonio Gandía, en el papel de Félix, cumple con solvencia, aunque sin llegar a emocionar plenamente. Su timbre es agradable y la interpretación correcta, pero ciertos agudos carecen de firmeza y proyección, lo que limita el impacto de sus intervenciones más comprometidas.
Luis Cansino, como el marqués de Caravaca, destaca con claridad. Su presencia escénica es magnética, y su voz, bien proyectada y homogénea, llena el espacio con naturalidad. Es, sin duda, uno de los pilares de la función. Javier Castañeda, en el rol del duque, se mantiene a buen nivel, con una interpretación sólida y convincente.
El coro merece una mención especial por su cohesión, potencia y claridad, resolviendo con eficacia tanto los pasajes más dinámicos como los de mayor exigencia musical.
Esta “Jugar con fuego” propone una lectura contemporánea valiente, con ideas que, sobre el papel, podrían haber dialogado de forma interesante con la obra original. Sin embargo, la acumulación de recursos escénicos innecesarios, la desconexión entre imagen y música y ciertas decisiones dramatúrgicas cuestionables terminan por lastrar el conjunto.
Aun así, el valor musical de la partitura, el buen hacer de la orquesta y el compromiso del reparto permiten que la función conserve momentos de auténtico disfrute. Quizá, con una mayor contención escénica, el fuego habría ardido con más claridad y menos humo.