Madrid. Auditorio Nacional. Sala sinfónica. 4-X-2024. Concierto sinfónico 2 de la temporada de la OCNE. Director: Pablo González. Narrador: José Coronado. Olesya Petrova, mezzo. Alexander Vinogradov, barítono. Emmanuel Pahud, flauta. Takemitsu: “I hear the water dreaming”, para flauta y orquesta. Chaminade: “Concertino para flauta en re mayor”, op 107. Prokófiev: “Iván el Terrible”, op 116.
Días de música rusa en el Auditorio Nacional. Abrió el fuego la Filarmónica de Viena, para Ibermúsica, el día 1, con un programa dedicado a Stravinski y Shostakovich (se cumplen en 2025 cincuenta años de la muerte de este, por lo que vamos a escuchar bastantes obras suyas). Continúa el primer fin de semana de este mes la Nacional, con un programa en el que el peso ha descansado en la gran partitura (80 minutos) sinfónico-coral “Iván el Terrible”, de Serguéi Prokófiev, y seguiremos en Rusia con más Shostakovich, cuando el iconoclasta, pero fascinante director greco-ruso Teodor Currentzis dirija la “Quinta Sinfonía” el próximo martes a su orquesta MusicAeterna. A la sinfonía se añade, además, otra obra concertante de otro colosal compositor ruso: Chaikovski, de quien escucharemos las “Variaciones Rococó”, para violonchelo y orquesta.
Las obras de Takemitsu y Chaminade, que ocuparon la primera parte del concierto sinfónico de la Nacional que se comenta, son sendas piezas de carácter concertante para flauta y orquesta, que apenas suman veinte minutos. Teloneras, sin duda, de la partitura colosal de Prokófiev. Aunque teloneras de lujo, porque el solista, el franco-suizo Emmanuel Pahud (Ginebra, 1970), lo es de la que probablemente es la mejor orquesta del planeta, la Filarmónica de Berlín, y ya hemos tenido ocasión de disfrutar de su enorme categoría cuando hace cinco años ofreció el “Concierto” de Aram Khatchaturian.
“I hear the water dreaming”, escrita en 1987 por Toru Takemitsu (1930-1996), es música de textura delicada y ambiente tranquilo, de sugerente ensoñación, que explota con acierto el poético timbre de la flauta, con frecuentes excursiones al registro agudo de la misma. El solista es arropado por un acompañamiento orquestal rico, pero nunca intrusivo ni rompedor de esa atmósfera onírica. En otro clima bien distinto se sitúa el “Concertino” de la francesa Cécile Chaminade (1857-1944) porque en su breve curso, dentro de un carácter de encantadora y bien patente efusión lírica, el flautista se enfrenta a demandas del mayor virtuosismo, en una serie creciente de complejas florituras.
Pahud desplegó su fantástica sonoridad y superlativa técnica ofreciendo, con cuidado acompañamiento de González y la Nacional, una sugerente y matizadísima lectura de la obra de Takemitsu y una brillantísima interpretación, de espectacular virtuosismo, de la encantadora página de Chaminade. Acogida relativamente fría para la primera y notablemente más entusiasta para la segunda, aunque, en esta ocasión, no hubo propina del solista.
La enjundia del concierto, con todo, residía en la monumental partitura de Serguéi Prokófiev, segundo fruto de su colaboración con el cineasta Eisenstein, a quien Stalin había encargado, en 1941, una película sobre la figura de Iván IV, conocido como “Iván el Terrible”, zar que reinó entre 1547 y 1584 sin que le cupieran (como tampoco le cupieron al propio Stalin) escrúpulos en lo que a torturar y liquidar enemigos se refiere. El encargo de Stalin tenía evidentes intenciones de hacer patria y resaltar la grandeza de una Rusia unida bajo un liderazgo implacable, el de Iván en la película… como anticipador del suyo propio en la Unión Soviética metida en plena conflagración mundial. Prokófiev escribe una música, como cabe esperar, monumental, que se mueve casi siempre en el ámbito de lo grandioso, con una épica vibrante, bien palpable desde la eléctrica obertura, pero también con incursiones a la espiritualidad, como en el hermoso coro “a capella” del quinto número, “¡Alabado sea Dios!”, o en la delicada expresión de la “Canción del castor”.
La partitura original cinematográfica, en ausencia de la filmación, requería una lógica adaptación al entorno del concierto. De las varias que se generaron, la más popular es la que hemos escuchado en esta ocasión (y la que empleó también González hace unos años en su concierto con la Sinfónica de RTVE), realizada en 1961 por Abram Stasevich, que, a la orquesta de plantilla masiva, coro mixto de muy importante presencia, y dos solistas vocales, añade una narración (con textos de Eisenstein) para reemplazar el relato de la película. Y es, en efecto, el narrador el que lleva la parte del león de esa trama, junto al coro, por encima de los dos cantantes. Desempeñó este papel, con formidable prestación, el actor José Coronado, que dotó a su narración de todo el impacto dramático e intensidad que podía esperarse.
El asturiano Pablo González (Oviedo, 1875) confirmó una vez más que es una de las mejores batutas españolas, brindando una interpretación sobresaliente de esta música vibrante, de gran impacto e intensidad, siempre rica y cuidada en la expresión apropiada de cada uno de los veinte números de la partitura. Impactó ya una trepidante, espectacular obertura, en la que la Nacional sonó de manera brillante, empastada, ágil, con unos metales redondos y poderosos y una cuerda de gran presencia y bellísimo colorido. Extrajo el maestro ovetense, de gesto cuidado y nítido, con esa contagiosa implicación que muestra en todas sus intervenciones, lo mejor de los conjuntos nacionales. Atento siempre al mínimo detalle, dibujó con extremo acierto toda la variedad de climas que Prokófiev, con una orquestación maravillosa, confiere a la partitura.
Consiguió prestaciones exquisitas de matiz por parte del coro, que tuvo una de las mejores intervenciones que el firmante le recuerda en los últimos años. Al antes citado cabe añadir otros, como el final del tercer número, “Mar océano”, en el que lució también la notable Petrova, de voz bien timbrada, si acaso con un cambio de color demasiado evidente en el paso al registro más grave. Brillaron todos los solistas de viento-madera y metal de la Nacional, con espectaculares intervenciones, desde el clarinete piccolo en la obertura al trompeta en varios momentos, a las dos tubas en “¡A Kazán!”, o el delicado pianísimo de las trompas en la “Canción del castor”. Sobresalientes igualmente los contrabajos en “Iván suplica a los Boyardos”, donde de nuevo lució el coro a boca cerrada, matizadísimo. De notable impacto la breve pero rotunda intervención del barítono Vinogradov en la “Canción de Fiódor Basmánov y los Opríchniki”.
Una interpretación, en fin, realmente magnífica, que confirma, aunque no hacía falta, la grandísima clase de González. El éxito, como no podía ser menos, fue mayúsculo y más que bien merecido para todos.