Hay algo profundamente perturbador en “La redención”, la nueva propuesta teatral de la novelista, poeta y dramaturga Ana Merino (Madrid, 1971). No porque imagine un futuro devastado –eso ya forma parte de nuestra iconografía cotidiana–, sino porque consigue que el espectador reconozca en ese paisaje tóxico algo demasiado cercano. Basura acumulada hasta el horizonte. Mares muertos. Protocolos de supervivencia. Soledad emocional. Gente esperando un milagro mientras el mundo se descompone lentamente.
Y, sin embargo, la obra no cae en el cinismo. Ahí está precisamente su rareza.
El próximo 23 de mayo, el Real Coliseo Carlos III de San Lorenzo de El Escorial acoge la nueva versión escénica de “La redención”, una pieza escrita originalmente por Ana Merino en 2016 y que ahora regresa convertida en una experiencia inmersiva, sensorial y profundamente contemporánea. La escritora, Premio Nadal en 2020 por su obra “El mapa de los afectos” y una de las intelectuales españolas más interesantes de las últimas décadas, no solo firma el texto: también dirige y produce el montaje, asumiendo una triple responsabilidad que ha terminado convirtiéndose en parte del propio relato de la obra.
Porque “La redención” habla de supervivencia. Y también, de alguna manera, del agotamiento de intentar sostenerlo todo. “Estoy en muchos frentes”, admite Merino durante una conversación con este medio. “He tenido que enfrentarme a la dinámica de la estructura teatral española y descubrir que en España es muy complicado emprender”. La frase no suena casual, suena vivida.
Después de años desarrollando su carrera académica y literaria en Estados Unidos –donde dirigió el MFA de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa–, Merino se ha encontrado con un ecosistema teatral español lleno de barreras invisibles. “En España es más complicado porque tenemos una red de teatros. Está la red de teatros independientes, luego la de los teatros públicos y entrar en esa red, en el circuito, por decirlo así, lo complica todo. Esa parte ha sido la más difícil, pero no me he rendido, por supuesto”.
Merino nunca se rinde. Decidió levantar la obra. Volver al texto. Reescribirlo desde la escena. Es importante aclarar que “La redención” no es una adaptación teatral de una novela. El texto nació ya como dramaturgia. Como teatro puro.
“Siempre fue una obra teatral”, insiste la autora. “Lo que ocurre es que cuando se monta una obra siempre se hace una transformación y una adaptación de ese texto al espacio y a los actores. Entonces, en el texto del montaje, por ejemplo, añado una escena o matizo otra. Pero la obra siempre ha nacido desde el género teatral”.
Quizá por eso el montaje tiene algo orgánico, casi físico. Todo parece pensado desde la respiración del escenario. La historia transcurre en un futuro donde la humanidad vive rodeada de residuos tóxicos después del colapso ecológico global. El mar prácticamente ha muerto y gran parte de la civilización sobrevive gracias a enormes plantas de tratamiento de basura, espacios fronterizos donde trabajan quienes ya no tienen demasiadas alternativas. Ahí sucede la acción.

Una inspectora llega a supervisar el funcionamiento de una de esas plantas junto a su ayudante. Entre los trabajadores aparece Isabela, una mujer convencida de que unos extraterrestres llegarán para salvar la Tierra y limpiar el planeta. Podría sonar delirante. Pero Merino nunca juzga a sus personajes. Los escucha. “La obra plantea un futuro en el que la civilización se enfrenta al reto de limpiar la basura. Entonces la humanidad vive rodeada de residuos tóxicos y es la historia de los que están al frente del ese mayor. Son esos lugares donde ya nadie quiere ir y solo va la gente que va a trabajar allí”, explica, “y en medio de todo esto, cada personaje tiene una forma distinta de mirar el futuro, de entender la realidad y de comprender el pasado. Existe una problemática entre unos y otros. La obra es muy coral y para cada protagonista la redención significa una cosa distinta”.
Ese es probablemente el gran acierto de “La redención”: bajo su estética distópica, la obra funciona sobre todo como un mapa emocional. La ciencia ficción es el contexto; lo verdaderamente importante son las grietas humanas. Merino realmente habla de contaminación, pero sobre todo habla de soledad. Indaga en personas que intentan encontrar sentido en medio del derrumbe. “Hay algo muy importante en esta obra y en toda mi literatura”, afirma. “Es el acercamiento introspectivo a las emociones. Se habla del medio ambiente, se discute sobre el pasado y del futuro, claro, pero también se piensa en las emociones, en qué somos y cómo nos relacionamos con los demás. Son cinco personajes que sienten de maneras completamente distintas y se ve claramente en la trama”.
Eso se percibe incluso en la construcción visual de la puesta en escena. Lejos del teatro convencional, “La redención” apuesta por una experiencia inmersiva donde conviven videoarte, diseño sonoro y teatralidad corporal. La atmósfera importa tanto como el diálogo.
“A mí me interesaba muchísimo generar una atmósfera alrededor de los personajes”, explica Merino. “Que el espectador pudiera entrar emocionalmente en ese universo. El videoarte y el trabajo sonoro complementan el texto y le dan un dinamismo muy especial”. Y funciona precisamente porque nunca cae en el efectismo tecnológico vacío. Aquí lo audiovisual no es un adorno futurista: es una extensión emocional del paisaje interior de los personajes.
El cuerpo también ocupa un lugar central en el montaje. Para desarrollar esa dimensión física, Merino trabajó junto a la bailarina y especialista teatral Paloma Díaz, encargada de diseñar la movilidad y los ritmos escénicos. “Yo tenía muy clara la visión”, cuenta la autora, “pero necesitaba a alguien que pudiera ejecutarla técnicamente. Paloma trabajó con los actores la corporalidad, cómo se mueve cada personaje, cómo respiran los cuerpos dentro de ese espacio”.
La sensación general es la de una obra que se mueve constantemente entre lo poético y lo inquietante. Entre lo íntimo y lo apocalíptico. Y quizá ahí reside otra de las claves de Ana Merino: nunca escribe desde el panfleto. Incluso cuando aborda la crisis climática, lo hace desde la emoción, no desde la consigna. “No me interesa moralizar”, parece decir la obra en cada escena. Lo que le interesa es la fragilidad humana. “En la obra se proyecta el peor escenario, pero hay ese punto esperanzador: en el peor escenario los humanos tenemos la capacidad de seguir sintiendo, pensando, expresando ideas y buscando la redención”.
La obra no ofrece soluciones fáciles. Tampoco esperanza ingenua. Lo que propone es algo mucho más complejo: la posibilidad de seguir siendo humanos incluso cuando el mundo ya parece inhabitable. Y eso, en este momento histórico, resulta extrañamente conmovedor.
Quizá porque la distopía ya no se percibe como una fantasía lejana. Quizá porque todos tenemos la sensación de estar viviendo al borde de algo. Por eso “La redención” no funciona solo como ciencia ficción teatral.
Funciona como espejo.
Uno incómodo.
Uno bellísimo.
Uno lleno de basura, deseo y preguntas sin resolver.