El PSOE ha cerrado este jueves el primer Pleno ordinario del Congreso de 2026 con cinco derrotas parlamentarias en apenas tres días, una secuencia que vuelve a retratar la fragilidad de la mayoría que sostiene al Gobierno. El balance incluye la reprobación del ministro de Transportes, Óscar Puente, y el rechazo a una iniciativa socialista que pretendía que la Cámara se posicionara contra el unilateralismo de Donald Trump.
La semana arrancó el martes, 10 de febrero, con la toma en consideración de una proposición de ley del PP para obligar al Ejecutivo a someter a votación en el Parlamento los créditos extraordinarios o suplementarios vinculados a defensa y seguridad, en un contexto de prórrogas presupuestarias y gasto por vías excepcionales. La iniciativa salió adelante pese al rechazo de PSOE y Sumar gracias a la abstención de PNV, Junts y BNG, un movimiento que en la práctica facilitó que el texto siguiera vivo.
Con esa votación, el PSOE suma ya ocho proposiciones de ley tramitadas en contra de su criterio en lo que va de legislatura. Es una dinámica que la oposición explota con insistencia, consciente de que basta una deserción puntual de los socios de investidura para imponer la agenda y poner en evidencia al Ejecutivo, aunque luego esas leyes queden congeladas en los plazos de enmiendas.
El golpe político más simbólico llegó este jueves, 12 de febrero, cuando el Pleno aprobó una proposición no de ley del PP que incluía la reprobación de Óscar Puente, la séptima censura parlamentaria al ministro esta legislatura, en relación con los accidentes ferroviarios de Adamuz (Córdoba) y Gelida (Barcelona), con un balance de 47 fallecidos. La votación salió adelante con los apoyos de PP y VOX y la abstención de varios grupos que han sido claves en otras ocasiones para apuntalar al Gobierno.
La reprobación no tiene efectos jurídicos inmediatos, pero sí un coste político evidente: refuerza la idea de un ministro cuestionado y de un Gobierno al que le cuesta imponer una línea común incluso en asuntos sensibles, donde debería primar el respeto a las víctimas y la obligación moral de la verdad y la rendición de cuentas.
Otro revés para los socialistas fue el fracaso de una iniciativa con la que el PSOE buscaba que el Congreso se pronunciara en defensa de la legalidad internacional y en contra de decisiones unilaterales atribuidas a Donald Trump. El texto no prosperó, en un nuevo ejemplo de cómo el Gobierno se queda sin suelo bajo los pies cuando la aritmética parlamentaria se convierte en una suma cambiante, a menudo más guiada por intereses tácticos que por una visión de Estado.
El parte de derrotas se completó con una moción de Esquerra Republicana sobre autónomos, de la que el PSOE perdió dos puntos. El dato es especialmente revelador porque las medidas salieron adelante con el apoyo de la oposición y también de Sumar, socio de Gobierno, lo que retrata una coalición que no siempre actúa como bloque y que deja al partido mayoritario expuesto a votaciones que, aun sin tumbar leyes del Consejo de Ministros, desgastan su autoridad.
Estas cinco derrotas quedan lejos del récord fijado el 19 de diciembre de 2024, cuando el PSOE acumuló 23 votaciones perdidas en una sola jornada, pero confirman que la tendencia no ha desaparecido con el cambio de calendario. En la práctica, el PP ha perfeccionado una táctica parlamentaria que consiste en forzar votaciones separadas, punto por punto, para multiplicar el riesgo de que el PSOE pierda apoyos por cansancio, por cálculo o por simple descoordinación.
En un Congreso fragmentado, la estabilidad no se sostiene con eslóganes ni con gestos simbólicos, sino con acuerdos verificables, presupuestos presentados en tiempo y forma y una cultura de responsabilidad que no se evapore ante la primera dificultad. Si el Ejecutivo quiere recuperar iniciativa, necesita algo más que resistir: debe gobernar, negociar con claridad y asumir que, en democracia, el poder no se administra como un patrimonio, sino como un servicio.