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Sara Mesa: “La familia” como forma de apisonamiento de la propia identidad

Sara Mesa: “La familia” como forma de apisonamiento de la propia identidad

La activista feminista francesa Simone de Beauvoir (París, 1908-1986) sostenía que “la familia es un nido de perversiones”; en una entrevista la escritora española, Sara Mesa (Madrid, 1976), confirma que “la familia es una amenaza” y así lo demuestra en su último libro, “La familia” (Anagrama, 2022).





La autora – tras publicar “Cuatro por cuatro” (2012, Anagrama), “Cara de pan” (2018, Anagrama) y “Un amor” (2020, Anagrama), entre otros– se ha hecho un sitio en el podio de los escritores más conocidos de España por su manera tan brillante –y algo desafecta muchas veces– de diseccionar la cotidianidad. En sus libros no sucede nada, no hay acción, no aparece una trama, no existe lo que sería una historia tradicional, con su nudo y desenlace, en cambio entre las grietas de la rutina, dentro de ese “no pasa nada en la novela” se asoman las relaciones humanas entre los personajes. Y ahí está su punto fuerte, su arma de acero. Dentro de ese análisis, de esos vínculos emocionales, habla de las mentiras, del miedo, las inseguridades, los traumas del pasado, la inestabilidad afectiva, etc. Sara Mesa regresa para confirmar que posee de una técnica para desplumar comportamientos humanos y representar las debilidades que nos constituyen. 

“La familia” en realidad es un Proyecto –así lo llama el progenitor– formado por cuatro niños, Padre y Madre. El primero un hombre obsesivo y controlador, atroz admirador de Gandhi que se dedica a fingir que es un abogado; ella, una mujer aprisionada por su excéntrico y maniático marido. Sus hijos –Rosa, Damián y Aquilino– sufren el machaque constante de su padre, muestran su rebeldía ante el mundo y crecen emocionalmente inestables para luego no saber cómo establecer relaciones sanas. Asimismo, Martina –adoptada, la cuarta hija– es un personaje que llega y se adentra en esa familia nueva para ella. Se cuestiona constantemente el comportamiento del padre y no ve lógico lo que está sucediendo. Porque viene de fuera, observa la situación con diferentes prismáticos. Es como un espectador que pone el programa “in media res”. En cambio, los que ya forman parte de esta burbuja desde nacimiento no disponen de ese privilegio. La casa representa una especie de cárcel donde a ellos no se les permite desarrollar una identidad propia; fuera de estas paredes son diferentes personas y dentro se convierten en lo que el padre quiere que sean. Eso es el resultado de un amor construido deficientemente, el hecho de querer mal a los hijos les marca para siempre. 

Es una novela coral que realmente se asemeja más bien a un libro de relatos. No sigue una línea cronológica, abarca varias décadas, desde la infancia hasta la adultez de los niños, y cuenta anécdotas puntuales en la vida de ellos. Esporádicamente uno se pierde por el camino de los diferentes capítulos y cuesta volver a coger el ritmo de lectura. Hay personajes que se quedan a medias: entiendo que la autora viene a decirnos que no evolucionan por el trauma producido debido a la conducta del padre. “La familia” es como una pintura de Kandinsky –el padre del arte moderno–: nunca se sabe cuál es la línea que esbozó primero, un verdadero caos que, sin embargo, encuentra su orden en el conjunto del dibujo. Sara Mesa es eso, una escritura algo caótica que, dentro de su propio estilo, converge con su zona de confort y a los lectores eso les gusta. 

Quizás lo que más llame la atención, o más entretenimiento produzca, es que no se analiza la familia desde un narrador “sabelotodo”, sino que lo hace a partir de los diálogos y experiencias de los personajes, tanto de los hijos como otros (vecinas, familiares, amigos de los niños, etc.). Es decir, el lector queda totalmente desprotegido, no se trata de una información masticada. Lo que busca Sara Mesa es que lleguemos solitos a la conclusión de que la familia, en ciertos casos, puede ahogar si está fundamentada en relaciones tóxicas. No lo sostiene explícitamente en ningún momento, pero se respira un aire de lastre durante la lectura. Y ese lastre es el peso de un amor malsano.