La IA consolida la mediocridad funcional como nuevo estándar

La expansión de la IA generativa está consolidando "lo suficientemente bueno" como estándar de calidad y, con ello, se debilita la capacidad de diferenciar entre excelencia y mediocridad funcional.

La IA consolida la mediocridad funcional como nuevo estándar

La facilidad para crear contenidos "aceptables" de forma rápida y gratuita ha desplazado el listón colectivo: no hacia arriba, sino hacia lo meramente funcional. La inquietud no es que la IA produzca mediocridad, sino que acostumbra a aceptarla como normal.

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Cuando generar algo aceptable no cuesta nada, la pregunta deja de ser si merece la pena hacerlo y pasa a ser si cumple el mínimo. Sin embargo, cumplir con el mínimo no equivale a hacer algo bueno.

Ese cambio se percibe también en el desarrollo: un programador experimentado identifica al instante un código escrito por una IA. Aunque funcione, suele delatarse por la verborrea, la redundancia y la falta de elegancia; hace lo necesario, pero difícilmente un perfil senior se enorgullecería de firmarlo.

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El riesgo se agrava si una generación aprende a programar con IA desde el primer día. Si nunca ha escrito código malo para comprender después qué lo hace bueno, queda en el aire cómo podrá desarrollar criterio.

El buen gusto no es innato: se construye a base de ver muchas cosas malas y muchas cosas buenas, y de equivocarse. La IA acorta ese recorrido al ofrecer algo que funciona desde el primer intento; pero sin transitar ese camino, no se forma el ojo para distinguir.

Antes, conseguir una imagen para un artículo implicaba buscarla o, para quien pudiera permitírselo, encargarla: había fricción o coste. Ahora se genera en segundos y, como "sirve", se utiliza, aunque resulte genérica o tenga ese barniz artificial que todos reconocen pero del que ya casi nadie habla.

En este escenario, la IA ha elevado el suelo: cualquiera puede producir algo decente. El techo, en cambio, permanece igual de alto para la mayoría. Hacer algo excepcional sigue exigiendo lo de siempre: talento, esfuerzo y criterio, pero queda enterrado bajo toneladas de slop y contenido mediocre aunque funcional, que se produce sin parar precisamente porque es gratis.

Ahí se concentra el valor humano: en el gusto, en poder mirar algo y decir "vale, cumple, pero no es bueno". Ese criterio solo se afina con práctica; si una generación crece consumiendo y produciendo lo que "solo cumple", se diluye la referencia de lo excelente hasta el punto de que, si no se percibe la diferencia, esa diferencia deja de existir.

El resultado apunta a un mundo en el que se normaliza que lo "suficientemente bueno" sea el único estándar, porque se olvida cómo reconocer cuándo algo está bien hecho.

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