Valentina: "Y aquí vemos..."

Valentina: "Y aquí vemos..."

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Hace un par de años, mi buen amigo Eusebio Azorín -tradicional, eficaz y brillante ejecutivo de la ONCE- me presentó a Javier García Pajares, abogado. Un abogado, como hay tantos en España, y también montañero, que ha subido al Aneto y al Veleta.

Ahí ya se restringe el número de españoles que se asemejen a él, pero es que, además, Javier, a los 13 años, se quedó sordo y ciego. Pese a ello, estudió con brillantes notas, y se ha convertido en un personaje tan singular como admirable. He hablado con él en alguna ocasión... y, nada más escribir que he hablado con una persona que es ciega y sorda, debo explicar que como no te puede escuchar, ni verte, lleva su traductora al lado, que le picotea en la palma de la mano, y le traduce lo que dices. La respuesta ya no necesita intermediario, y habla él con su voz.

 

A media semana, me acordé de Javier, al contemplar a la niña ciega, Valentina, explicarles al Papa y a los Reyes -pasando las manos por la maqueta de la Torre de Jesús, de la Sagrada Familia- los elementos y características arquitectónicas y estéticas de la Torre. Y, al principio de algunas frases, Valentina decía "Y aquí vemos*", mientras las yemas de sus dedos, convertidas en pupilas por su fuerte voluntad, le permitían hablar de geometría, o de materiales, de cerámica y cristales. Me emocionó esa firmeza, ese tesón, ese éxito de convertir los dedos en ojos, y esa convicción y orgullo de explicar lo que ella contempla, que no es fantasía, ni imaginación, sino el éxito de un largo proceso, que tiene una explicación perfectamente racional. Nos pasamos la vida enfadados, a veces coléricos, por diminutos problemas que -como ciegos espirituales- transformamos en enormes, y de pronto, te tropiezas con personas como Javier, o como Valentina, que han superado obstáculos ante los que inmensa mayoría de las personas nos solemos rendir sin esperanza.

En comparación con ellos, somos unos mierdas. Unos ególatras cobardes, que interpretamos la lluvia que nos impide montar la barbacoa como una tragedia de Esquilo, donde somos las víctimas. Espero que, en la próxima leve contrariedad, en lugar de enfadarme, me acuerde de Valentina. Pero me consta que los egoístas tenemos muy poca memoria para estos asuntos.


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