Más papistas que el Papa

Más papistas que el Papa

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Imposible desconocer el efecto moral que en nuestra sociedad ha tenido la visita a España de León XIV, como es difícil dejar de percibir que, en cambio, esta incursión en tierras españolas ha dejado muy poca repercusión en la acción de unos políticos a los que les faltó tiempo para seguir con sus pendencias y, sobre todo, con el tono de las mismas.

El muy oficialmente aplaudido Prevost se entrevistó con unos representantes parlamentarios que en su mayoría no son católicos practicantes -ni tendrían por qué serlo, claro- y que tuvieron el inmenso cinismo de hacer suyo un mensaje papal que, en el fondo, la ciudadanía ha tomado como un reproche a la acción de tales representantes. Fueron, en el fondo, más papistas que el Papa.

 

El Pontífice visitó un país carcomido por la inmoralidad política, plasmada en una decena de sumarios judiciales que van a estallar todos casi al mismo tiempo, haciendo irrespirable la vida pública. Un país en el que, se plasme o no en las portadas -que muchos días sí se plasma--, la gran duda es cuánto tiempo durará este Gobierno y si hay alguien lo suficientemente capacitado y preparado para reemplazarlo en unos momentos muy comprometidos en el panorama internacional (y nacional, desde luego).

Así que, claro, la visita de Prevost no era fácil. Imposible que la avispada diplomacia vaticana no imaginara que este viaje iba a ser aprovechado por el Gobierno presentándolo como un refuerzo a sus tesis en materia internacional, y más imposible aún que quien supervisa los discursos de León XIV no calculara el alcance de cada uno de los mensajes 'políticos' que iban a pronunciarse en sedes tan simbólicas como el palacio real o la Cámara Baja legislativa.

Yo creo que el Papa, sin excederse en su gestualidad ni en su parlamento, ha salido con bien de la prueba: se ha metido en el bolsillo a una España que ni ha dejado de ser católica, como se equivocó Azaña, ni es tan abrumadoramente religiosa como quieren presentarla algunas pinturas bucólicas aprovechando algunos excesos gestuales beatíficos, y a las encuestas me remito.

La cuestión me parece mucho más simple: los ciudadanos, y no solo, por supuesto, los españoles, andan a la busca de referentes morales y de muestras de sentido común en un mundo dominado por locos, asesinos o genocidas, y no creo exagerar un milímetro en esta definición. Analizando con cuidado cada uno de los pasos dados por Prevost en su aún breve pontificado, me parece que este hombre, de apariencia tan normal si no estuviese revestido como representante de un inmenso poder espiritual, se ha convertido en algo así como un gobernante alternativo, una esperanza a la que aferrarse en un Occidente cuarteado y asqueado por la acción de sus políticos.

Muchos miramos a Prevost no tanto, aunque también por supuesto, como a un líder religioso, cuanto como a un personaje capaz de enfrentarse a las iras de los más poderosos del mundo. ¿No es este el papel más hermoso y eficaz que un Papa puede representar cuando los señores de la guerra, la tiranía, la muerte de la diplomacia y de las buenas reglas se enseñorean de la tierra? Pues eso: que no me vengan, como algunos vienen, diciendo que el Papa no debe meterse en política. Pues claro que debe hacerlo; está obligado a hacerlo mientras la injusticia, la falta de piedad y la fuerza como razón suprema sigan gobernando el mundo. Y me parece que diciendo esto no estoy siendo más papista que el Papa: estoy siendo papista. De León XIV, concretamente.


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