Socialdemócrata, sí … pero con argumentos

Socialdemócrata, sí … pero con argumentos

Tenía yo unos diez años cuando la varicela se apoderó de mí en un mes de mayo. Polvos de talco y paciencia, recomendó el médico de cabecera que me atendió cuando mi madre me llevó al consultorio de un pueblo cercano al mío. El fin de semana siguiente vinieron a vernos unos amigos de la familia con sus dos hijos, de edades muy similares a la mía y no podía salir a jugar con ellos por estar encamada. Todo un fastidio. 

El padre, médico en la capital de la provincia, animaba a su hija mayor a entrar en mi habitación y jugar conmigo puesto que según él la varicela era más benigna en niños que en adultos y entendía el buen señor que el contagio cuanto antes mejor. La niña se limitó a un saludo con la mano desde el umbral de la puerta, en un gesto de desobediencia superviviente. Hoy con la perspectiva del tiempo, alcanzo a entender que el padre fue el precursor -sin saberlo- de una política imperante en la España de hoy. Si no fuera por la existencia de aquel médico de hace varias décadas, podría decir que hemos hallado La Vanguardia más innovadora.

Los consejos de Fernando Simón han servido para inmunizar masivamente a todo un país. Cuando decía que no habría contagios locales, que a las manifestaciones sin problemas y que valía con toser en el codo, estaba cooperando activamente con la madre naturaleza evitando colisionar con la selección natural, por un lado, y fomentando al unísono la inmunización. Ambos conceptos suelen ir de la mano cuando de virus se trata. Seguir permitiendo el aterrizaje de aviones desde Milán hasta bien entrado el mes de marzo, cuando Lombardía se desangraba, era, para quienes vemos más allá de nuestras narices, importar vacunas. Cantad conmigo: Illa Illa Salva maravilla.

Nuestra sociedad debe saber que gracias a esta gestión se han reducido no sólo las apuestas deportivas como señaló el ministro guaperas, sino que además casi han desaparecido las reyertas en la calle; el consumo de drogas en la vía pública; los comas etílicos los fines de semana; las reclamaciones en hoteles y restaurantes; las intoxicaciones alimentarias; los accidentes de tráfico y los laborales; el bulling en las aulas; el acoso el trabajo; los robos en domicilios; la polución; los retrasos en las líneas aéreas; la contaminación acústica; los desahucios…

Los animales han recuperado los espacios que antes eran suyos y les habíamos robado, basta con esperar un rato en cualquier ciudad de España y ver qué presumidas se han vuelto las ratitas. Mientras, hemos curado e inmunizado a más porcentaje de ciudadanos que ningún otro país del mundo. Y lo que es casi tan importante: la carga de las pensiones se ha reducido sin recortarlas y no ha sido necesario convocar para ello el pacto de Toledo. Que no vengan después los de derechas diciendo que ellos han colaborado para hacerlas sostenibles.

¡Seamos realistas, joder! Un Gobierno con este bagaje merece toda felicitación…

El elogio, sin embargo, no debe ser un obstáculo para nosotros y nosotras que hemos hecho de la autocrítica un motor de cambio y progreso: se está ignorando el avance más decisivo en las últimas décadas cual es el lenguaje inclusivo. Nos hemos olvidado de muertas, contagiadas e infectadas, incluyéndolas sin ningún pudor aparente en cavernícolas conceptos masculinos. Debemos pedir -quizá exigir- al Gobierno que vuelva a la senda correcta en las múltiples ruedas de prensa y no ignore los avances conseguidos en pos de la igualdad tras tantos años de lucha.


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