La serenidad del Papa

La serenidad del Papa

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La visita oficial del Papa a España está evidenciando una capacidad de convocatoria de la Iglesia Católica apabullante. En Madrid, en algunos de los actos -una misa, una vigilia de oración- la multitud congregada superó el millón de personas.

O más, según algunas fuentes. Pocas instituciones podrían convocar a tanta gente a concentraciones que se desarrollan y culminan sin un solo incidente.

A semejante éxito, sin duda, ha contribuido la personalidad del Papa León XIV, Robert Francis Prevost, un americano nacido en Chicago (EE.UU.) pero enraizado en la remota diócesis de Chiclayo, en el Perú. Su dominio del español facilita el clima de cercanía que rodea todos sus encuentros con la gente. Católicos y cristianos en su mayoría pero, a juzgar por la millonaria respuesta de asistencia a los acto, también ciudadanos sin confesionalidad religiosa concreta. Los infantiles protestas de alguna minoría de las izquierdas patrias porque el Papa -jefe del Estado Vaticano- tuvo ocasión de pronunciar un discurso en el Congreso, no merecen otra consideración que el desdén. Por contraste, con las divisivas trifulcas parlamentarias habituales en el Hemiciclo, el histórico discurso del Papa fue ejemplo de serenidad, precisión en la palabra y altura de conceptos.

Desdén también, para el anunciado escrache durante la presencia del Papa en Barcelona en el acto de consagración de la torre de Jesús en el templo de la Sagrada Familia. La protesta procede de medios afines a los partidos independentistas que llevan días calentando la cabeza a sus parroquias clamando contra el supuesto agravio que provocaría León XIV por no pronunciar sus discursos en catalán. Barruntaban que así podría ser dado que el Papa habla español. Y esa es la circunstancia que les ha puesto de los nervios. El fanático vive del agravio inventado. Que en Cataluña, amén del catalán, también El Español sea lengua oficial les resulta insoportable. Quizá porque el Papa estaba al tanto de semejante polémica en su discurso en el Palacio Real de Madrid, entre otras reflexiones, invitaba a estar alerta ante los "enfoques identitarios que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos". Por si la cosa no había quedado clara también advertía sobre las: "narrativas divisivas que ganan popularidad avivando el fuego de las polarizaciones". Blanco y meridiano. Como los discursos de este Papa al que acompaña el raro don de la serenidad.


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