MADRID 7 Jun.
León XIV ha hablado para los cristianos y para los que no lo son, para los desfavorecidos, los pobres y los desamparados de la sociedad, para los que gobiernan y para los que aspiran a hacerlo. Pero, también, ha hablado a los que van a tener la responsabilidad de hacerlo en el futuro. A los jóvenes. Ha hablado de la fe y de Dios, también de la verdad, el diálogo y el encuentro. Ha condenado abiertamente los abusos en la Iglesia y la corrupción en la sociedad. Aunque su mensaje siempre ha sido en positivo, ha denunciado abiertamente a quienes avivan el fuego de la polarización y el enfrentamiento.
Ha puesto el foco en la dignidad humana, en la necesidad de escuchar, de recuperar el diálogo y la convivencia. Una sociedad enfrentada y dividida artificialmente, en la que se levantan muros y exclusiones como en la nuestra hoy, es una sociedad menos fuerte, más injusta y menos capacitada para hacer frente a los enormes desafíos a los que se enfrenta. Una sociedad sin Dios o que algunos tratan de esconder en las sacristías no es una sociedad mejor. Una sociedad sin los valores cristianos que la han formado, como es la española, no es tampoco una sociedad más justa. Harían bien los políticos, de todo signo, en escuchar con atención el mensaje del papa León y ser capaces de lograr acuerdos, de gobernar para todos.
Por eso, su mensaje ha sido siempre en positivo. En lo religioso ha llamado a todos a volver a las raíces de la fe. A caminar juntos. A ser discípulos de la verdad, en tiempos en los que la verdad se pisotea todos los días. A hablar de Dios abiertamente, sin miedo. A no encerrarse en una devoción privada. A tener siempre la mano tendida y a tocar la mano del otro. A la comunión de todos, todos diferentes, pero todos con la misma fe.
En lo social y lo político, ha llamado a convertir el conflicto en paz. A desarmarnos. A la escucha, el diálogo y la reconciliación como las herramientas más poderosas que tiene el hombre. León XIV ha recuperado también el valor de la caridad como virtud que cambia la historia. La caridad como expresión de atención a la dignidad inalienable de todas las personas, como expresión del amor al pobre, el excluido, al desterrado, al migrante, al diferente. Hoy no se puede ser católico sin amar al hermano que sufre.
A los jóvenes les ha pedido que sean humanos. Que den testimonio abierto y alegre de su fe. No hay nada más triste que un cristiano triste. Que no vivan del pasado, que hagan un futuro mejor para todos. Que pueden cambiar la historia si lo hacen con amor. Que no pregunten quién ha hecho mal ni señalen culpables sino que busquen soluciones. Que construyan desde el encuentro. Si cada uno de ellos cambia, si dejan de ser víctimas de la comodidad, la inercia o la pereza, todavía es posible confiar en que cambie la sociedad y cambie la política. ¿Resurgimiento de lo católico, de lo espiritual? Más verdad y autenticidad. 500.000 jóvenes rezando en la calle, millón y medio de personas en una misa en las calles de Madrid no es algo que pueda ignorarse. Los hombres siguen teniendo necesidad de hablar con Dios y de construir desde el encuentro y la solidaridad. La fe no se impone, se propone. Hay que alzar la mirada, tender la mano, mirar al futuro. El trabajo empieza ahora.
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