Papa por aclamación

Papa por aclamación

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Una prolongada ovación de casi ocho minutos lo dice todo del discurso del Papa en el Parlamento de la España aconfesional.

Primero acarició los oídos de sus señorías con acertadas alusiones al legado cultural español que ilustró con menciones al Quijote, Unamuno, Francisco de Vitoria, Santa Teresa de Jesus, etc.

Y luego, un volquete de lecciones morales impartidas por un líder religioso y jefe de Estado en visita oficial. Todas ellas centradas en la primacía del ser humano y su común denominador. La dignidad de la persona, por encima de todas las cosas, junto a los otros dos límites del poder civil: la justicia y el bien común. Son los principales componentes de lo que debería ser un "horizonte compartido".

No descendió a la política de cercanías, más allá de sus habituales cantos al diálogo y no al enfrentamiento, al respeto al adversario y no a su descalificación sistemática. Pero tampoco eludió asuntos de calado político ante los representantes políticos (senadores y diputados) y miembros del Gobierno. O sea, acto estrictamente político en la agenda del viaje papal, que además sentaba el presidente de ser el primer pontífice de la Iglesia Católica que se dirigía a las Cortes Generales en fecundo cruce de lo temporal con lo espiritual.

No defraudó. No bastó la ausencia de los 4 diputados de Podemos o las manos ociosas de los diputados de ERC y Bildu mientras sus señorías, puestas en pie, se partían las manos aplaudiendo. Para la historia queda el catecismo moral de León XIV. Ni siquiera puede hablarse de división de opiniones. Su discurso desbordó cualquier cálculo respecto a una previsible división de opiniones.

Y nadie podrá decir que esquivó asuntos presentes de la actualidad nacional e internacional. Sobre todo, aquellos que afectan a la convivencia entre los pueblos y el respeto a los derechos humanos.

A partir de ahí, el que quiera entender que entienda. Simple aplicación de la doctrina moral de la Iglesia Católica en materia de arropamiento al inmigrante mediante una respuesta "justa y coordinada". Y, por supuesto, respeto a la vida humana, que "no puede ser tratada como si fuera una mercancía", aunque la eutanasia y el aborto estén legalizadas en España porque así lo han decidido las mayorías parlamentarias.

Lo mismo puede decirse de otros asuntos perfectamente encajables en la doctrina social de la Iglesia, cuyo criterio no dista demasiado de las posiciones del Gobierno de España en materias como la inmigración, la apuesta por la paz, el rechazo a la ley del más fuerte y la defensa del multilateralismo, también sintonizadas con la voluntad mayoritaria del pueblo soberano, con el explícito respeto de Prevost a la autonomía del poder civil en el campo de las "realidades terrenales".


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