MADRID 11 Oct.
Obviamente, la presencia del Rey el día de la fiesta nacional es obligada. Vistiendo el uniforme militar, preside el desfile tradicional que recorrerá Madrid en las próximas horas y, luego, la recepción a la representación de una parte de la sociedad española en el palacio de Oriente. Así cada año: lo que ocurre es que en esta ocasión los actos tienen una significación especial por la cercanía de unas elecciones generales que muchos opinan que son algo más que eso: son un hito en el caminar del país hacia la modernidad, hacia algún cambio y muchos cambios. Yo diría que, como nunca, los pasillos y los corrillos en el palacio real van a tener una intensidad casi inédita y los periodistas vamos a tener que trabajar allí como nunca.
Me fijo en la figura del Rey, más que en las de los políticos que asistan o dejen de asistir a este que ha sido calificado como 'encuentro de las elites' del 12 de octubre, porque el jefe del Estado adquiere ahora una relevancia fundamental. Y no me refiero solamente a la histórica visita que realizará a Ceuta y Melilla el martes y el miércoles de esta semana. Felipe VI está siendo, me parece, la única personalidad que sale bien parada en esta coyuntura de confusión y desunión, en estas extrañas circunstancias que anteceden a unas elecciones que pueden cambiar, así como suena, la Historia del país.
Desde luego, no me encuentro entre quienes creen que el presidente del Gobierno quiere opacar la figura del monarca, e incluso suprimirla, como aventuraba José María Aznar en unas recientes declaraciones. Si los socialistas de Sánchez hubiesen querido derribar la monarquía, con la ayuda de sus socios definitivamente republicanos, ya lo hubiesen hecho con su mayoría en el Congreso. Sánchez no es tan simple como para propiciar un vuelco que sería altamente traumático para la nación: allí estarán los dos, el jefe del Estado y el jefe del Gobierno, exhibiendo buena sintonía juntos en la inauguración de la próxima e importante 'cumbre' iberoamericana, en Madrid a comienzos del mes próximo, con la campaña electoral, por cierto, llamando a las puertas.
Pero lo que sí pienso es que habría que aprovechar la nueva realidad política que se abre ante nosotros para fortalecer, incluso constitucionalmente, la figura del Rey, llena de indefiniciones legales que sirven para que unos y otros se aprovechen de los vacíos acerca de lo que el monarca puede o no hacer en la política española. En su inminente viaje a Ceuta y Melilla comprobaremos, una vez más, la utilidad de la Corona y me parece inútil insistir en lo que todo el mundo comprende y acepta: los Reyes deberían haber ido a ambas ciudades mucho antes, e incluso, a mi juicio, deberían haber estado acompañados por la princesa Leonor, que debe ir fajándose en cuestiones de alta y complicada política más allá de su habitual discurso en los premios Princesa de Asturias, también inminentes.
Hay que pavimentar, a través de Felipe VI, el camino para que Leonor I lo transite sin quebraderos de cabeza institucionales, y eso exige un gran acuerdo nacional que, este lunes lo comprobaremos de nuevo en la ausencia de saludos entre Gobierno y oposición en el palacio real, está muy lejos de poder ser una realidad. Cuánta oportunidad perdida.
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