Sánchez aún no se ha puesto la camiseta roja, pero...

Sánchez aún no se ha puesto la camiseta roja, pero...

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Leo algunos pronósticos, sin mayor apoyo que la imaginación de sus autores, acerca de lo que Pedro Sánchez podría hacer en el caso, temo que improbable, de que España gane el campeonato mundial de fútbol. Que si, camiseta roja al torso y a la espalda, lanzaría una proclama con algo así como "España y yo hemos ganado porque somos (España y sobre todo yo) un gran país" y entonces, hala, toma síndrome de Hubris y mayor dosis de complejo de superioridad, si cupiese.

O, más aún, especulan algunos, podría ocurrir que el presidente se lanzase a decidir una anticipación sensible de la convocatoria electoral, aunque no son estas buenas fechas para hacerlo: hace tres años ya votamos en julio, ahora lo haríamos en septiembre, y eso viene siendo mucho calor, que las temperaturas siguen aumentando. A ver, en todo caso, si llegamos a 2027. Sin elecciones, digo, no sin calor, ni, ay, sin incendios.

Temo devaluar bastante este comentario haciendo una doble confesión: ignoro, claro, si esta selección española, que sigue sin convencerme, pero que está hasta ahora tocada por el dedo de la Fortuna (hasta se lesiona el gran portero contrario), podría ganar el campeonato. Y, desde luego, desconozco por completo esos planes que aparentemente 'baraja' -esta palabra siempre me lleva a la desconfianza-el presidente Sánchez en cuanto a fechas electorales y modo de llegar a ellas. Sé que el presidente, que no pierde una sola 'photo opportunity', se lanzará el día menos pensado a beneficiarse de estar rodeado de 'rojos' -jugadores de la 'roja', claro-o, al menos, de los que quieran rodearlo, que no sé si serán todos; un equipo alberga muchas almas distintas y distantes.

Pero ahora, estudios sociológicos valiosos en mano, sí le puedo decir que una victoria en el Mundial cimentaría de modo algo más sólido que hasta ahora la decaída autoestima de los españoles; que muchos asuntos espinosos pasarían a un segundo lugar, y estoy pensando, claro, en las comparecencias judiciales en casos de corrupción; y que los efectos benéficos de un triunfo futbolístico son más duraderos que, por ejemplo, los de la visita de un Papa. Y, si no, fíjese usted en la diatriba que le acaba de lanzar al Gobierno el presidente de la Conferencia Episcopal. Pero eso hoy, como decía Pujol, no toca. Así que vuelvo al futbol.

En resumen, un Gobierno triunfador en un Mundial -sí, allí estaría Sánchez en la final, y me parecería bien, porque es una grata obligación-sale más guapo en la foto que otro al que le vapulea, por ejemplo, el vecino equipo francés, así que el próximo martes va a ser un día de mucho trajín anímico en La Moncloa. Los españoles estamos siempre prontos a hundirnos en la nacional-depresión -ah, los galos , esa eterna obsesión por superarlos--, pero no menos rápidamente nos damos a la euforia.

Y así vivimos, en la cuerda floja entre los extremos. Como el mismísimo Pedro Sánchez, que ignoro qué número le pondrá a la camiseta que sin duda ya tiene encargada. Como tiene encargadas miles de urnas para que, cuando sea -ya digo: especulaciones hay no pocas--, nos lance a votarle de nuevo., O no, que diría el afamado cronista futbolístico Mariano Rajoy.


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