MADRID 25 Jul.
Va a cumplirse un año desde que se produjo el gran incendio en la localidad donde vivo. Todavía estamos reparando los daños, normalizando nuestras vidas, en medio de la indiferencia municipal, autonómica y central. Y no quiero citar expresamente a mi municipio, porque pienso que esa indiferencia, la falta de empatía y el retraso en todo tipo de ayudas no es algo solamente propio de mi localidad, donde, digan lo que digan, también olvidaron que los fuegos se apagan en febrero, sino que se ha convertido en un mal nacional.
Las visitas de los próceres, comenzando por el presidente del Gobierno, a las zonas afectadas, viendo, por si los abucheos, solo de lejos a las gentes que han tenido que abandonar sus hogares, que sufren la incertidumbre de si lo han perdido todo o han tenido suerte y las llamas han afectado 'solamente' al vecino, no sirven de gran cosa. Como las declaraciones de zonas catastróficas, que a veces se tratan de aprovechar para recalificar terrenos que eran rústicos y rentabilizarlos haciéndolos urbanos, y encima vociferando que se hace para paliar la escasez de vivienda.
Solamente cuando palpas, ay, de cerca, la tragedia te das cuenta de lo poco que a nuestros responsables, a los que votamos y pagamos, les importan nuestras desgracias, cuánto me duele decirlo así. Alcalde conozco que, al día siguiente de haberse incendiado su pueblo, declarado zona catastrófica, y tras acudir raudo a hacerse la foto con la presidenta autonómica de turno, se marchó al día siguiente a reanudar sus vacaciones. Y sé de cierto(s) municipio(s) que exigieron a los afectados una elevada tasa para autorizarles a talar, ellos mismos, los árboles calcinados; un año después, esas tasas no han sido devueltas, como no han sido pagadas las indemnizaciones prometidas ni ha llegado el consuelo oficial a los dolientes.
Así que los probablemente más de cien mil afectados por los incendios que ya se contabilizan en España en este mes de julio en el que aún se discute sobre el cambio climático y la conveniencia de un pacto político para hacerle frente, pueden ir perdiendo toda esperanza. Cada año repetimos todos que es necesario invertir mucho más de lo que pagamos con nuestros impuestos en combatir el fuego. Y cada año se repite el espectáculo dantesco de montes, casas y ganado ardiendo. Por si fuera poco, todavía con el dolor en el alma por las trece vidas humanas perdidas en Los Gallardos, Almería, hace poco más de dos semanas. Y un recuerdo, que nadie tiene oficialmente, para los que murieron en los incendios del año pasado, uno de ellos, por cierto, en mi municipio.
Ahora, quienes vivimos en la Comunidad de Madrid lo hacemos bajo un cielo de color naranja -otras zonas conocen también este color mortífero- y las cenizas llegan hasta nuestros hogares. Hemos comprobado que la nómina de aviones antiincendios tan publicitada en su día por Pedro Sánchez era, operativamente, algo menos de la mitad. Los vecinos siguen sin tener el protagonismo que deberían a la hora de la prevención y la concienciación ciudadana: parece increíble que aún más de la mitad de las catástrofes sean provocadas, sin que haya habido campañas publicitarias y vigilancia para evitarlo. Y no menos increíble es que los principales partidos se peloteen las culpas, mucho más allá de cualquier necesaria colaboración, y que una presidenta autonómica llame 'mamarracho' a un ministro que, ejem, también se pasa claramente en sus declaraciones contra sus enemigos políticos.
Publiqué un libro, 'quemados' (perdón por hablar de él: lo exige el guion), tras comprobar estadísticamente que más del setenta por ciento de los españoles se declaran con este estado de espíritu, básicamente por sentirse olvidados por sus representantes, porque piensan que sus reivindicaciones, sugerencias o necesidades jamás son escuchados. El año pasado se quemó casi el uno por ciento de la superficie nacional: ¿qué ocurrió con los más de cincuenta mil afectados, empezando por los familiares de los fallecidos? ¿Se sienten comprendidos, ayudados?
Este olvido puede, acaso más que la corrupción rampante, estar en la base de ese cabreo nacional que, aún dentro del conformismo, está anegando las gargantas de esas buenas gentes que han tenido que abandonar sus hogares, que aún no saben si los han perdido. Y todo porque alguien olvidó limpiar los rastrojos, o hacer las campañas de concienciación adecuadas, o destinar una parte más sustancial del Presupuesto -claro que ¿qué presupuesto?- a combatir este fuego, hoy ya nuestro problema número uno, y ni siquiera hemos entrado aún en agosto. Y lo peor es la convicción de que el año que viene, más. Porque el país, en esto y en otras cosas variadas, no funciona y, encima, trata de olvidar que no funciona..
Madrid Actual no se hace cargo de las opiniones de sus colaboradores, que no tienen por qué coincidir con su línea editorial.
Participa en la conversación con respeto. Tu comentario se publicará automáticamente, aunque podrá ser retirado por la redacción.
Comentarios (0)