Mira que si, al final, ganamos el Mundial...

Mira que si, al final, ganamos el Mundial...

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Jamás me hubiese imaginado escribiendo sobre fútbol. Pero el espectáculo está siendo, por un lado, lo suficientemente estimulante como para lanzarse por estos vericuetos. Y, por otro, tampoco estoy seguro de que sea sobre fútbol sobre lo que voy a escribir, como usted, inteligente lector, percibirá de inmediato.

En todo caso, si ganamos...

Si ganamos, la nacional-euforia se va a disparar y el eterno nacional-pesimismo quedará enterrado un poco más, entre celebraciones y gritos que pueden llegar a ser chovinistas: a veces, la coyuntura de un país hasta justifica estos alardes. Y, si ganamos, y hablando de enterrar, quizá queden sepultados temporalmente algunos de esos 'affaires' que tan acongojados nos tienen y que tanto afán muestran algunos para que sigan más o menos bajo tierra, o al menos lejos de los titulares de los periódicos: los titulares, de momento, ya se los llevan Lamine, Unai y compañía. De momento.

Claro que eso es pan para hoy y hambre para mañana. No se puede vivir de pan, digo copas agosteñas en bares y chiringuitos, y circo, digo el Mundial ante el televisor, para siempre. Ni se puede seguir eternamente acusando a todos los que no son de 'la casa' de ser unos golpistas empeñados en revertir la situación hacia la ultraderecha y en propalar el catastrofismo 'como siempre'.

Creo que el Mundial, ganemos o perdamos esa final de Nueva York, impensada cuando jugábamos frente a Cabo Verde, tiene un antes y, sobre todo, un después. O sea, que luego viene todo lo demás, incluyendo ciertas maniobras orquestales en la oscuridad que pretenden colar por la puerta de atrás planes migratorios, o forzadas reformas legales, o ambientales, de distinto calibre. Pero siempre con la vista puesta en un objetivo común: dejar las cosas 'arregladas' antes de que lleguen las elecciones y otros puedan acceder a los cargos de responsabilidad en los que los unos están hoy tan acomodados y reguándolo todo a su modo y conveniencia.

Sí, el Mundial es un paréntesis, está siendo una gozosa oportunidad de diversión y solaz. Pero, ay, el sueño, o la quimera, o lo imposible, para bien o para mal acaba este domingo en Nueva York. Luego habrá que construir un país, no un equipo de futbol. Y la final hacia una nación verdaderamente democrática no la gana, al paso que vamos, ni Luis de la Fuente.

Ya le dije al comienzo que quizá no era propiamente de fútbol de lo que iba a hablarle. Y es que ya lo dice la eterna sentencia: el futbol es lo más importante de lo que no es importante. Lo importante, desde el lunes, va a ser muy otra cosa.


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