El lenguaje como arma de destrucción

Francisco Muro de Íscar Colaborador de Opinión

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No es sólo el informe PISA el que pone de relieve la bajísima comprensión lectora de nuestros jóvenes. Hay mucho más. El lenguaje se está empobreciendo, pervirtiendo y usando de manera interesada. Una reciente investigación de Persepectives on Psychological Science, que cita Miguel Ángel Escotet, señala que el promedio diario de palabras habladas disminuyó aproximadamente un 28 por ciento entre 2005 y 2018.

Menos palabras al día: con el paso de los años las personas pronuncian 338 palabras menos cada día. Los promedios diarios descendieron de más de 16.000 palabras a unas 11.900. (según datos de la Real Academia Española de la Lengua, en su diccionario hay 92.000 entradas, pero el uso promedio diario entre nosotros está entre las 5.000 y las 7.000). La caída es más pronunciada entre las generaciones más jóvenes, pero el empobrecimiento general es evidente e innegable. Y los factores principales son los teléfonos inteligentes, las aplicaciones de mensajería, las redes sociales y el teletrabajo que sustituye las conversaciones cara a cara.

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Se podrían añadir algunos más, como la caída de la lectura, la incapacidad de seguir un discurso o leer algo durante más de tres o cinco minutos seguidos o la dificultad que empiezan a tener muchos para leer un libro sin tener un diccionario al lado para entender lo que está escrito. Y leer un libro con un diccionario al lado es una invitación a no leer.

Luego está el uso de las jergas. Las hay en la justicia, en el periodismo, en la política, en las instrucciones de Hacienda, en los prospectos de los medicamentos o en lo que hablan los jóvenes. Hay léxicos, como el inclusivo, que son ideológicos, que se usan para rechazar a los que no lo siguen, aunque sea una imposición y no se use en la calle. Y palabras que se utilizan intencionadamente para ocultar o modificar su significado real.

Los campos de inmigrantes o invasores, que de todo hay, en Ceuta, montados tarde, son "asentamientos temporales". La nueva normalidad o, incluso la normalidad, también en Ceuta, es una manera de disfrazar el caos y el miedo. Muchas veces, la "ensalada de cangrejo" del supermercado no tiene cangrejo y el "jamón de york" no es ni siquiera jamón. Una taza es un bowl y la pérdida de poder adquisitivo esconde más de una vez el empobrecimiento.

La comunicación se ha vuelto embrutecida, brutal, vulgar -no hay más que seguir un debate parlamentario o los que se viven en las redes y en las tertulias de televisión- y la ilegibilidad de las leyes, además de su creciente deficiencia técnica, crea problemas posteriores, algunos de los cuales tienen consecuencias muy graves. Cada vez hay más leyes, más largas, regulan más cosas y se entienden peor. La jerga polìtica -al margen de las ocasiones en que se utiliza para esconder mentiras- es un ejercicio permanente de hablar para ellos mismos que los ciudadanos no pueden entender, aunque el lenguaje claro, especialmente en estos asuntos, es un derecho del ciudadano: el derecho a entender. Y de los jóvenes no hablemos. Usted no se va a enterar de nada si no está familiarizado con expresiones como "en plan, bro, cringe, dar palo, crush, de chill, to flama, random, bro, ganer sdfghjk (que es un gesto de risa descontrolada que ahora usan en lugar del emoji de la risa y del jaja), pec (por el culo), aesthetic, chetao, hype, literal o npc y otras tantas que se usan, que se dejan de usar y que se sustituyen por otros nuevos.

La lengua es una culminación centenaria de historia y de uso práctico, pero a veces se utiliza para disfrazar la verdad, para subordinarla a intereses políticos o de otro tipo, distorsionándola o corrompiéndola, y, en ocasiones, solo esconde que cada vez se lee y se escribe menos y, como consecuencia es más difícil entenderse. Incluso hace que sea imposible. Para algunos es sólo un arma de destrucción, de persuasión o de engaño. Las palabras no son inofensivas ni neutrales ni pueden significar lo que no significan. Dominar el lenguaje, ganar esa batalla, es, como dicen ahora los cursis, "ganar el relato". A ver si vamos a tener que proteger el lenguaje por ley.


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