MADRID 4 Jul.
La predicción quizá más simplista que se puede hacer sobre lo que nos ocurrirá en el trepidante 2027 es que la derecha, las derechas, gobernará(n) en España. Las alianza PP-VOX en Extremadura, Castilla y León, Aragón y, por fin, Andalucía, han supuesto no solo un giro importante en el concepto 'derechas', sino un anticipo de lo que con mucha probabilidad ocurrirá en las próximas elecciones generales. En el PP ya se están poniendo la venda antes de que se produzca la herida: "Vox está homologado", dicen. ¿Lo está?
Vaya por delante, por mucho que pudiera disgustarme esta formación, mi respeto a un partido que, como Vox, tiene en su haber algo más de tres millones de votos. Sí, hay cosas en sus programas, en su ideario, que me parecen rechazables, y pienso que son precisamente esas cosas las que han primado en la conclusión de los acuerdos, un poco 'contra natura' con el Partido Popular de Feijóo: a Feijóo, es obvio, no le gusta Vox, ni a Vox le gusta Feijóo, y a las múltiples declaraciones de Abascal en este sentido, que van mucho más allá de lo de 'la derechita cobarde', me remito.
Sé, porque lo he oído de sus propias bocas, que tampoco a María Guardiola, ni a Fernández Mañueco, ni a Jorge Azcón, ni, menos aún, a Moreno Bonilla, les gusta Vox, y viceversa. Los pactos autonómicos de gobierno han supuesto un éxito importante para Vox -que ha moderado bastante el tono, hay que reconocerlo- y un lastre notable para los 'barones' del PP, alguno de ellos muy prestigioso, que han debido firmar los acuerdos para seguir gobernando, o co-gobernando, en adelante.
Siempre he sostenido que el peor enemigo del PP de Feijóo -y antes de Casado, y antes de Rajoy- era Vox. Voces 'populares' me dicen que quizá estemos ante un proceso similar al que llevó a que Manuel Fraga 'desactivase' el peligro 'ultra' de la derechona franquista. No estoy seguro de ello: más bien creo que, hoy por hoy, Vox gana y el PP pierde en sus pactos con estos 'extraños compañeros de cama', como decía el agudo ingenio de Churchill. Lástima que el PSOE haya carecido de la visión de futuro suficiente como para 'prestar' a los 'populares' extremeños, castellanos, aragoneses y, sobre todo, andaluces, los escaños que les faltaban para gobernar sin pactar con Vox.
Podría haber sido un préstamo condicionado a muchos factores, que hubiese dado a los socialistas un marchamo negociador y moderado, incluso un poder regional, del que ahora carecen. Ha triunfado la política del muro, diseñada por Sánchez, y se ha dinamitado la política de la moderación, que algún día abanderó Feijóo. Y eso lo pagaremos todos.
En fin, sucede que estos pactos fortalecen la figura, que no es precisamente la más moderada en el PP, de Isabel Díaz Ayuso, que no necesita a Vox para gobernar Madrid, y debilita la de Alberto Núñez Feijóo, que muchas veces hemos repetido muchos que debería hacer más discursos de Estado, tipo Aznar, y enzarzarse menos en su lucha, a veces algo barriobajera, con Sánchez, que en estas lides es imbatible.
El caso es que, tras la investidura de Moreno Bonilla en Andalucía, algo ha cambiado definitivamente en la derecha, que difícilmente podrá seguir siendo llamada 'centroderecha' por sus exégetas. Cuánto se echa de menos un partido de centro, bisagra, en este país de los extremismos. Y cuánta culpa tuvo este mismo centro, y quienes lo dirigían, de sus propias desdichas. Y de las nuestras.
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