La espantada de Pablo Iglesias abandonando la política al ser abandonado por buena parte de sus seguidores no debería enmascarar la derrota de Pedro Sánchez, de pie junto a Ángel Gabilondo, el candidato del PSOE en las elecciones de Madrid.
Fue el propio Sánchez quien planteó un pulso político con Isabel Díaz Ayuso entrando en batalla con ella y rectificando desde el Gobierno algunas de las decisiones tomadas desde la CAM para atajar los quebrantos que estaba produciendo la pandemia.
A Gabilondo le hicieron la lista de aspirantes a diputados. Le incluyeron a una ministra y a una secretaria de Estado sin consultarle. Su campaña pasó del "con este Iglesias, no" a la patética petición de auxilio registrada durante el debate cuando -leyendo lo que le habían escrito- se dirigió al líder de Podemos diciéndole: "Pablo, tenemos doce días para ganar la elecciones".
Gabilondo será el fusible que pague la derrota del PSOE, humillado por el "sorpasso " de Más Madrid, pero el destinatario del rechazo de la mayoría de los madrileños ha sido Pedro Sánchez y su política de falta de escrúpulos que le ha llevado a meter en el Gobierno a Podemos, pactar con los golpistas de ERC y blanquear a los turiferarios de Bildu.
Nada de lo dicho empece el mérito de Isabel Díaz Ayuso y el de Miguel Ángel Rodríguez, su jefe de gabinete y artífice de la estrategia seguida por la candidata no al margen, pero en paralelo, con la dirección del PP en Génova 13.
La derrota de Sánchez es algo más que un simple pinchazo en unas elecciones regionales. Tiene la dimensión épica que confiere a la victoria de Díaz Ayuso el hecho de haber sido capaz de resistir la campaña de acoso y ridículo a la que viene siendo sometida por la izquierda mediática. Nadie daba un euro por ella y menos Pedro Sánchez que llegó hasta retratarse en la sede de la CAM en la Puerta del Sol, con aire condescendiente, casi de perdonavidas, sin caer en la cuenta de que había caído en la trampa que le tendía Miguel Ángel Rodríguez. Aquél Sánchez-Ayuso, de tú a tú, rodeados de banderas de España y de Madrid convirtió a la denostada presidenta en un antagonista al mismo nivel que quien la miraba por encima del hombro.
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