Hay momentos en que escribir no responde a un oficio, ni a una rutina, ni al peso del deber. Hay momentos en que uno escribe porque siente una punzada de vacío. Porque alguien al que nunca estrechaste la mano te acompañó durante años. La muerte de Alfonso Ussía es uno de esos momentos: uno siente que se apaga una farola que iluminaba una esquina muy concreta del mundo, esa en la que conviven la ironía y la ternura, la crítica feroz y el amor por un país que no siempre sabe quererse.
Ussía dejó una huella indeleble en el periodismo español. No solo por su estilo –ácido, elegante, fiel a sus convicciones– sino por esa capacidad rara de mezclar humor y gravedad sin traicionar a ninguna de las dos. Ussía tenía esa magia: te hacía reír para que bajaras la guardia, y justo entonces te colaba una verdad. Lo recuerdo como se recuerda a los buenos profesores: sin saber que lo eran, enseñaban. Enseñaban lecciones para una vida.
Aprendí de él que la escritura puede ser un acto de compromiso con la honestidad, no con la corrección. Que se puede escribir desde la tradición sin caer en el tópico, desde la nostalgia sin caer en la lágrima fácil, desde la ironía sin caer en el cinismo. Que el humor, bien empleado, es una forma de lucidez.
Y aprendí algo más íntimo todavía: ser un poco más española (no lo soy). A través de sus manías y nostalgias, de sus enojos castizos, de su afecto por la historia, de su ironía tan española que solo se comprende de verdad cuando se vive, él me acercó a un país que, sin ser el mío, aprendí a mirar con cariño. En sus columnas encontré una España que discute, pero ama; que exagera, pero siente; que protesta, pero permanece. Y de la que es imposible no contagiarse un poco.
Ussía no modulaba su voz para acomodarse al clima político del día. Nunca confundió la elegancia con la neutralidad ni la libertad con la estridencia. Su estilo –clásico, irreverente, muchas veces incómodo– se mantuvo hasta el final.
Como en aquella columna, que recuerdo con mucha gracia, “De verdaz que no”, publicada en “El Debate”. Allí, combinaba esa ironía ácida, tan suya, para criticar la subida del precio del “menú para pobres” de Dabiz Muñoz, transformando un hecho trivial en un comentario sobre la vanidad y los excesos de la sociedad. “Pero insisto en la modestia en el aumento del precio del menú. Los 365 euros se me antojan muy pocos a cambio de la maravilla culinaria que se ofrece. Puede aumentarlo incluso a 1.000 euros. Su restaurante se llenará. «Numerus stultorum est infinitus»”. A Ussía hay que recordarle con ese humor tan directo que le representaba, tan suyo y ya tan nuestro.
Escribió hasta su último aliento. Su columna, “Mentiras memorables de la guerra” publicada solo hace unos pocos días, el 2 de diciembre en “El Debate”, es la prueba de su carácter. Hasta cuando el cuerpo duda, la pluma sostiene. Era así: peleón, incansable, combativo. La palabra era su territorio, y no estaba dispuesto a abandonarlo.
Su obra nos enseñó que la memoria no es una vitrina, sino un instrumento para interpretar el presente. Ussía hablaba de España con amor y con exigencia: como quien conoce a fondo aquello que critica, y lo critica precisamente porque lo ama.
Su muerte deja un hueco que no se llenará. No existirá otra voz como la suya: su mezcla precisa de ironía, erudición, orgullo, incorrección, ternura y sarcasmo era irrepetible. Pero queda también una herencia: la invitación a seguir pensando, a seguir riendo, a no abdicar nunca de las convicciones. A seguir riendo de la vida, sobre todo.
Me quedo con su capacidad de sacudir el conformismo, de despertarme en mañanas grises, de hacerme fruncir el ceño y sonreír en el mismo párrafo. Me quedo con la mirada de Ussía capaz de ver en lo cotidiano una metáfora de todos nosotros.
Hoy escribo –no por obligación, sino por gratitud– estas líneas para decir que, aunque él ya no esté, su voz sigue viva. Aunque parezca un cliché no es así. Él ya no escribirá, pero ha escrito lo suficiente para forjar una personalidad, una escritura muy propia que nos acompañará siempre.
Y esa es, quizá, la forma más íntima y verdadera de honrar a los que se van: mantener encendida su palabra. Mantener encendida aquella farola, aquella llama que nos brindaba con su lucidez.

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