Agosto de 1984. Mariannengasse, Viena. Un psicólogo recibe en su casa a un teólogo para mantener una conversación, grabada en un magnetófono, sobre ciencia y fe. Ambos comparten una profunda amistad construida en el respeto hacia el otro y en la profesión de una misma fe, la judía. Pero hay algo que el teólogo Pinchas Lapide (Viena, 1922 – Frankfurt, 1997) admira en el hombre octogenario que tiene en frente, algo que lo convierte para él en prueba misma de la existencia de Dios. Son las cicatrices de un superviviente del Holocausto; uno que pasó grandes miserias y, a pesar de ello, mantiene un optimismo trágico por la humanidad. Se trata de Viktor Frankl (Viena, 1905-1997), padre de la logoterapia.
La editorial Herder recopila las grabaciones magnetofónicas de aquel día en su libro “Búsqueda de Dios y sentido de la vida”. La traducción, realizada por Roberto H. Bernet, permite al lector acercarse a la vida espiritual de estos dos intelectuales judíos, a través de sus reflexiones sobre la existencia, el sentido, el dolor y la fe. En esencia, se trata de una apertura al diálogo entre la medicina, que busca la curación del hombre, y la religión, que pretende su salvación.
Viktor Frankl se ha convertido en uno de los referentes más importantes de la psicología del siglo XX. Su obra más reconocida es “El hombre en busca de sentido”, relato autobiográfico que describe sus vivencias en los campos de concentración desde una perspectiva clínica. Concluye su ensayo declarando que el motor del ser humano es la búsqueda del sentido. Sobre esta concepción de un sentido único para cada individuo y cada momento vital se construye su logoterapia, una técnica psicoterapéutica que se dirige a la dimensión espiritual del ser humano.
Si bien critica la patologización de la religiosidad por parte de referentes como Freud, Frankl muestra en su obra grandes reservas al tratar las preguntas religiosas y establece unas fronteras claras con su labor científica. Para él, la logoterapia termina donde empieza la teología. Sorprende por este motivo la apertura con la que trata su propia fe en su conversación con Pinchas Lapide. Este teólogo trabajó varios años como diplomático israelí, hasta que, insatisfecho por su labor, se trasladó a Alemania como escritor independiente. Lejos de su patria, dedicó múltiples trabajos a la reconciliación entre la iglesia y la sinagoga.
El lector familiarizado con la obra de Viktor Frankl reconocerá en este libro muchas de las ideas presentes en sus otros trabajos. Lo distintivo es que, esta vez, Frankl dialoga como creyente. “Búsqueda de Dios y sentido de la vida” es testimonio de la amistad entre dos hombres, vinculados por su fe y por su academicismo, que a través del intercambio de sus ideas derivan en nuevas e insospechadas conclusiones sobre las fronteras entre religión y filosofía.
A lo largo de las cortas páginas que conforman el opúsculo, Lapide y Frankl hablan sobre sufrimiento, culpa, muerte, amor, esperanza y el sentido de la vida. Los autores critican el perjuicio que produce el determinismo científico en el desarrollo del sentido y debaten sobre el papel del sufrimiento en la vida humana, juzgan la visión antropomórfica de Dios y recuerdan sus encuentros con el papa Pablo VI. El libro es un cúmulo de reflexiones que permite a sus autores adquirir perspectivas nuevas.
En señal de profundo respeto, Frankl comparte con Lapide ideas que nunca había formulado a otra persona, le confía cosas que incluso no había pensado todavía. Sugiere Lapide que un diálogo auténtico transforma a los interlocutores, pues cada uno recibe y asimila partes del otro. Minutos más tarde, el logoterapeuta define la oración como “diálogo en seriedad y soledad última”. Para él, la oración es observar las cosas con independencia de uno mismo para conferirles un sentido, a pesar del dolor sufrido. Y Dios es el gran Espectador en un teatro; invisible, pero observador de cada individuo y de la creación misma. ¿De ahí procede el sentido verdadero? Las reflexiones de Frankl, desembarazado del contexto científico, parecen traslucir el sentido de la vida que él descubrió para sí mismo. Un sentido imbuido en el diálogo que legó un agosto de 1984 en Mariannengasse, Viena.