La Tecnología que nos controla.
Aún quedan cuatro años para conmemorar el cincuenta aniversario del estreno de una película que cambiaría la manera de pensar en la ciencia ficción. Stanley Kubrick con su 2001: Una Odisea Espacial, convirtió un género plagado de invasiones extraterrestres e incipientes tecnologías mayúsculas en un certificado realista de los avances del ser humano por conquistar territorios orbitales y digitales, poco a poco más reducidas.
Todo pasaba por regocijarse sobre esa vieja idea de un Creador y posterior destrucción, en manos de quienes le hicieron sentirse como un Dios. El prometeo moderno tantas veces visitado por el cine.
Ahora, la ciencia está en disposición de construir memorias inmensas con nanotecnología (cada vez más ínfima en tamaño y superior en inteligencia) y las entidades pelean por hacerse con una pieza del pastel, goloso imperio de la comunicación y la propaganda.
Cuánta diferencia entre aquella percepción de Kubrick y esta visión de Transcendence que juega la baza de un fin del mundo a la inversa. Ahora, la máquina inteligente se convierte en el salvador binario de la raza humana y la curación de todos sus males. Medicina del Siglo XXI para poderosos, o el remedio a las enfermedades para todos los paganos.
La aparición de este nuevo Ser Supremo de la cienciología, que cambia el amenazador castigo divino y el sufrimiento por la supresión del dolor. Hombres cuya pertenencia a un ecosistema interconectado como un hormiguero de individuos unidos a una reina pensante, con sometimiento y sin sexo. El renacer de una nueva era en la que no sería necesaria la reproducción quizá, un universo controlado por un Neo salvador en una matrix cibernética mundial.
Todo esto que parece tan transcendente, pero ya lo predijo el ordenador HAL-9000 en 1968. El ojo que todo lo ve y controla, apoderándose de la mente humana, primero para su salvación luego para su dominio.
En cambio, toda esa megalópolis de Transcendence, se queda en intenciones y pretensiones edulcoradas, si se plantea caóticamente la cuestión o con unas cualidades cinematográficas de segundo nivel y técnicamente más construidas.
El genio de Stanley Kubrick cubrió las deficiencias e incapacidades técnicas de la época sesentera con una imaginación fuera de todo cuestionamiento (incluidas las maquetas), con su particular aportación a los avances del futuro en forma de lentes especiales y el estudio de las estructuras espaciales.
Ahora, toda la tecnología binaria y digital, no sirve de nada.
La película Transcendence se derrumba por un guion pretencioso en lo imaginario, pero vacío en lo sustancial de sus personajes. Tanta manipulación genética elevada a la billonésima parte de cero interés, la nada. Todo lo que resplandecía en una incipiente e interesante idea de transcendencia se queda en una concatenación de errores en los argumental e interpretativo. Pues la mirada perdida de alguno de sus interpretes parecen predecir el desastroso devenir de la acción.
Y debido en gran medida, a un estado de trance que estas situaciones socavadas produce en el espectador, como una hipnosis retórica de palabras vacías que no sustentan las pretensiones metafísicas ni otorgan credibilidad a lo desarrollado.
Transcendence del director Wally Pfister abarca mucho más de lo que puede, ni mucho menos ahoga a la raza humana.
Presenta con efectos visuales de descuidada calidad, una historia que naufraga en un mar de espejos reflectantes (esta ensoñación ya la había tenido yo antes, un final en un campo desértico) y la supuesta invencible deidad se queda en papel mojado bajo la lluvia de la transcendencia y las intenciones.
El resultado es un habitáculo aséptico, con una nanotecnología tan de andar por casa, casi una pantalla exclusivamente idealizada por la cabeza de Johnny Depp. Difícilmente se elucubra sobre los principios de la ciencia y la medicina, pues dan ganas de tomar una pastilla diferente y decir: despierta ya no estás en Matrix.
Si sabes como funciona el cerebro humano y sus defectos, deberías dominar la situación con la interpretación. Basta de hacer ojitos a la cámara, que denota cierta incredulidad en el proyecto.
Porque realmente los diálogos son irrisorios y los actores se mueven entre tanta red informática, perdidos con la información a transferir al espectador. Demasiada presentación de bits curativos sin explicación científica, entre paranoias que no se creen ni los protagonistas. Así el trabajo va progresando tan rápido hacia la cuesta abajo, como Inteligencia Artificial que se desarma e infantiliza en proporciones transcendentales pero sin sentimiento.
¿Por qué todo se deteriora hacia la carcajada? Si el reparto está compuesto de buenos actores.
La mayoría han demostrado sus dotes para la interpretación en infinidad de ocasiones, poseen una colección de trabajos en su currículo que les permitiría salvar esta historia que degenera en lo visual y artístico.
Pues, no se salva ni uno... ¿Quién tiene la culpa este despropósito de magnitudes bíblicas y cibernéticas?
Aquí en el guion de un iniciado en las letras también actor Jack Paglen, residen todos los males. Los diálogos no tienen la capacidad de envolver las intenciones apocalípticas de la película, y los actores desisten de convencer al público, desde los jóvenes Kate Mara o Cole Hauser, hasta la caída de un actor al que admiro, Cillian Murphy, catastróficamente irreconocible en un papel para olvidar.
Todo va derribándose indefinidamente como las fichas de un dominó, uno tras otro los rostros de los actores más experimentados como Rebecca Hall, poco creíble e insensible en su papel de doctora sin capacidad de conmoción o un Clifton Collins Jr. experto en papeles raciales y latinos como el de Pacific Rim que pasa por la cinta sin pena ni gloria. Paul Bettany ya nos tiene acostumbrados, en este descalabro generalizado, por su particular descenso a los infiernos en otras producciones endemoniadas.
Llegamos a la coronación de la catástrofe interpretativa con un Morgan Freeman que produce un poco de pena, sin embargo, no tanta como un Johnny Depp (y cuánto lo siento) entregado a su imagen más devastadora de estrella devorada en el infinito. Sus cables andan más pelados que una computadora con pretensiones de deidad omnipresente, manteniendo un gesto ausente entre los efectos irrisorios y fuegos artificiales de fiesta de pueblo.
Por tanto, Transcendence se decodifica como un virus cinematográfico con todos sus componentes defectuosos y dispuestos a contaminar nuestro interés, borrar la memoria y fagocitar los cerebros de los amantes a la ciencia ficción. Convirtiéndose en una "no" epopeya futurista, en una historia que podría haber dado mucho más de sí, y que debarra por la antropología y la ciencia.
Stanley vió esa involución del cerebro humano hacia avances autodestructivos, en cambio, Transcendence propone una salvación humana a cambio de la anulación de la conciencia. Algo brillante, aunque no contábamos con la decrepitud de la imaginación en mitad del metraje ni de los pobres recursos cinematográficos. Tampoco la verborrea aburrida para concretar el fin de la civilización y del film.
Una pena observar como algunos cineastas se descontrolan al acercarse a la ciencia y la transforman en sencillez visual, pues acercarse a la idea de deidad es demasiado para un actor a imagen y semejanza de hacedor de milagros curativos todopoderosos.
Un Dios evolucionado con la suficiente raza para barrer a sus creadores, capaz de llevar al espectador a un círculo vicioso que muestre a su propia especie, relegada a la esclavitud. Todo bajo una fina lluvia de catastróficas decisiones, para regar un scifi de bytes tediosos y desconcertantes en el aspecto técnico.
Al menos, esta Transcendencia final se la lleva una parte poética, pero insuficiente.
Unos segundos de película que hubieran debido impregnar las hojas de este cuento microbiológico, los albores de una naturaleza que se mantiene por la constancia de la supervivencia, en la humedad necesaria para crecer en otro futuro.
A través de otra chispa iniciática de vida, como un "Bit" Bang replicando los esquemas naturales con nueva carga genética. Un ADN cromosómico interactuando con la física de las moléculas orgánicas presentes en todo el planeta. Una revolución industrial de nuevo cuño para dotar a los nuevos organismos de una vida sin enfermedades. Quizás la eternidad.
Como dos gotas de agua que resbalando por el haz de una hoja aparece en el último instante la poesía, donde se encuentran dos partes de un todo homogéneo, dos partículas humanas precipitándose hacia la chatarra inmersas en el caldo de la creación y el amor.
* Mala