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Supervivencia y dignidad en “Flores para Ariana”

Supervivencia y dignidad en “Flores para Ariana”

En la novela “Flores para Ariana” (Crossbook, 2021) se integran las historias que su autor, Antonio Pampliega (Madrid, 1982), ha ido recolectando durante su labor periodística en las guerras de Afganistán y Siria, entre otras.

Pampliega no es un escritor cualquiera, su experiencia como corresponsal de guerra le dota de una veracidad palpable en sus palabras. Casi como un saber enciclopédico, resume en “Flores para Ariana” numerosos datos y sucesos heredados de sus años cubriendo la guerra islámica. No se estrena en el género narrativo con esta obra, sino que acumula ya cuatro libros que sitúan el origen de su andanza literaria en 2011, con la publicación de “Afganistán”. Además, su actividad ‘freelance’ conjuga una buena selección de crónicas y reportajes que le han valido premios importantes. 

Tendrán que pasar seis años para que vuelva a publicar. La espera se debe a que en 2015 permanece 299 días secuestrado en Siria por un grupo de Al Qaeda. Este trágico acontecimiento marca su vida y sus letras, configurando un antes y un después. Una vez consigue “morir para sobrevivir”, se ve capacitado para afrontar su destino y poner nombre a sus miedos en “En la oscuridad” (2017), al tiempo que exige periodismo libre y dignidad. En 2018 vuelve con “Las trincheras de la esperanza” y, finalmente, “Flores para Ariana” nace de notas recuperadas durante su aislamiento para publicarse el 20 de octubre.

Sus diez años cubriendo la yihad tienen como fin contar las historias que tiñeron sus años como periodista de guerra, las mismas que hoy día siguen protagonizando esas calles. A modo de anécdota, Pampliega recuerda en una entrevista cómo una mujer siria le pedía que contara al mundo los horrores que allí se vivían. “Flores para Ariana” asume este rol y nos adentra en los relatos que esconden las casas afganis. A través de los ojos de una niña de casi 14 años, el escritor vertebra un sinfín de injusticias y rechazos que se encargan de dificultar su existencia. Ariana no es más que la representación del género femenino a ojos de los talibanes: un objeto destinado al matrimonio y la crianza, carente de derechos. Decía Pampliega de sus años secuestrado que “te ponen en una habitación con todos tus miedos, con todos tus sentimientos de culpabilidad” y creo que estas mismas emociones son también, cuidando y respetando las distancias, a las que nos enfrenta con “Flores para Ariana”. 

El libro es un grito de socorro a la libertad, fin último y por el que se desvive, no solo la protagonista, sino todas las relaciones certeras que hilvana a su alrededor. Poco a poco, Ariana es consciente del mundo que la rodea y de que “hay historias que, desde los primeros párrafos, están condenadas a no tener un final feliz”. Las muertes que la persiguen, las huidas con su consecuente caza, los desprendimientos obligados, las aceptaciones impuestas, el matrimonio por conveniencia, la violencia como rutina diaria y las violaciones, nocturna −aunque no siempre se “limitan” a las horas bajas− van escribiendo en la mente de Ariana esas mismas líneas. La redacción, en un principio más sencilla, muestra la evolución y la pérdida de su inocencia. Aunque la resolución de algunos capítulos sea casual, la novela logra captar la atención del lector y transportarle a la realidad afgani, no sin cierto nerviosismo. Y es que uno podría extenderse en su argumento, profundizar en el carácter histórico y, como adelantaba, enciclopédico que el autor conjuga con la ficción de Ariana, pero, al final, nublan, o, mejor dicho, abruman las sensaciones. 

Una vez terminado el libro, son las pulsaciones aceleradas, los temblores de unos dedos inestables y las sensaciones de vacío las que anteceden a cualquier reacción. Queda en el aire un “¿y ahora yo qué hago?”, reflexiones ya anteriormente meditadas por el autor que ahora nos traslada con su novela. “Flores para Ariana” combina todos estos sentimientos y me imposibilita a siquiera escribir sobre lo que he leído estas últimas semanas. No sé si “débil” es la palabra que me haría justicia en este momento o si es “realidad” la que obstruye mis sentidos y traduce mis días en una inquietud dispersa. Sí, dispersa; al no vivirlo en primera persona, el simple correr de mis pensamientos puede tanto devolverme como alejarme de lo que señala Pampliega.

“Flores para Ariana” te planta cara a cara unas circunstancias terribles y te invita a continuar tu vida, pero ya no de igual manera. Incita a traspasar las noticias temporales, un “hoy te cedo espacio sin recordar a quién se lo cedí ayer y con la certeza de que mañana no sabré que fue tuyo”, un “hoy lo vivo y mañana me olvido”: las cifras tienen rostro, las siluetas tienen historias. Este libro agolpa reflexiones muy dispares e inquieta reconocer que probablemente no seamos capaces de hacerles frente ni de esbozar una solución. En su lugar, la pena y la impotencia toman asiento. No obstante, no es mudez lo que pretende conseguir Pampliega, es rabia, justicia y voz. 

Antonio sí hace, sí cumple su promesa: muestra una vida ajena y expone las penurias e incoherencias que la condenan; un destino marcado por las flores que adornarán las tumbas de la inocencia, la libertad y, en última instancia, la vida misma.  Y, sin embargo, a su vez, son símil de esperanza: “cuando estás solo, te tienes que aferrar a algo”. Las flores terminan regresando a Ariana en manos de su íntimo amigo, Salem, recordándole que siempre la espera, incluso cuando la calma huye efímera y los miedos sobreviven, crónicos. Desgraciadamente, duele saber que el “disfruta de la vida (…) porque es maravillosa y nos la estamos perdiendo” se difumina con la sucesión de las páginas y, al tiempo que las hojas sentencian un final, llegamos a la conclusión de que Salem tiene razón, “no se castiga a lo que se ama”. 

“¿Y ahora yo qué hago?”. Quizá lo que debemos hacer es seguir recordándolo.