Madrid descubre los secretos del Metro

Madrid descubre los secretos del Metro

No hay nadie, al menos en Madrid, que no conozca el Metro, ese ferrocarril suburbano que tanta gente utiliza. Sin embargo, el Metropolitano, como se le conocía antes, aún se reserva para sí -a sus 95 años- historias que no muchos conocen. 

Sus estaciones, que hoy se cuentan por centenares, están adornadas desde hace semanas con enormes fotografías que rememoran los comienzos de lo que fue un proyecto en el que no todos creían y que costó mucho esfuerzo y sacrificio a quienes lo impulsaron, que posiblemente -y gracias a su carácter visionario- ya se imaginaron lo imprescindible que iba a ser en el día a día de la capital.

"Los inicios fueron dificilísimos", constata Javier Otamendi, subdirector de Relaciones Institucionales de Metro y sobrino-nieto de uno de sus fundadores, Miguel Otamendi, uno de los 'culpables' de que Alfonso XIII, el monarca español allá por 1919 -año en el que el Metro comenzó su andadura- se interesara por el proyecto del suburbano.

"Tenemos que tener en cuenta que por aquel entonces los medios no eran los mismos que ahora y todo era más costoso", explica Otamendi, quien rememora una época en la que, como en su familia siempre se ha comentado, "España no era una gran potencia industrial y aspectos como construir el túnel o suministrar electricidad a los trenes no era una labor fácil".

Precisamente el aspecto eléctrico nos conduce hacia el segundo secreto del Metro, puesto que para surtir de electricidad a las antiguas líneas del tren se "construyó una central eléctrica especial mediante tres motores suizos de transatlánticos -sí, de barcos enormes-", como explica el subdirector de Relaciones Institucionales, quien también señala que este sistema se continuó usando hasta 1973, "hasta ayer prácticamente".

Hoy en día, el que tenga curiosidad por estas reliquias puede visitarlas en la Nave de Motores, un museo que Metro propone al lado de su sede de la madrileña calle de Cavanilles.

Y de museo en museo llegamos al tercer secreto, uno que tiene forma de estación abandonada y que quizá les suene a los amantes del celuloide o también a los más fieles seguidores de Iker Jiménez.

Se puede visitar en Chamberí, en pleno centro de la capital, la estación clausurada del mismo nombre que, además de cine, ha dado lugar a muchos mitos, como "que algunos ven luces o fantasmas", señala Otamendi, quien sin embargo confirma que "aún nadie lo ha demostrado".

Más allá de la anécdota, dicha estación -que dejó de utilizarse en 1969 en unas obras de ampliación de andenes- ha sido reconvertida también en museo, al alcance de cualquier visitante que quiera acercarse a ver cómo era una estación hace casi 50 años, ya que, como señala Otamendi, "se conserva como entonces".

El cuarto secreto llega de la mano de este retroceso en el tiempo, y es que en 1969 la situación en España era muy diferente a la actual en todos los aspectos y uno de ellos era el papel de la mujer en el trabajo.

Seguramente por entonces no existían mujeres al mando de los trenes, pero con el paso de los años, Metro supo adaptarse a los tiempos y María José Fuentes, adjunta a la Coordinación de la Línea 1, es un ejemplo de ello.

La empleada comenzó su periplo en Metro hace "doce o trece años", recuerda, y lo hizo al mando de una máquina, cuando décadas atrás este puesto estaba reservado para los hombres.

"Quién me lo iba a decir a mí cuando era pequeña", rememora Fuentes, quien colecciona anécdotas de esa etapa de su vida, como cuando le miraban "raro" o cuando abuelas orgullosas les decían a sus nietas que "conducía mejor que los hombres".

Metro ha crecido mucho desde su nacimiento y a solo cinco años de su centenario se ha convertido en un emblema madrileño con el que los niños de provincias se fotografían en sus visitas a la capital, que ha dado lugar a muchas historias y con el que, al fin y al cabo y como señala Fuentes, "la gente se identifica".