Pasé la tarde del día de Sant Jordi firmando libros y, sobre todo, repartiendo rosas en la caseta que Sociedad Civil Catalana había instalado a las puertas del parque madrileño de El Retiro.
La gente, es verdad, se decantaba más por las rosas que por los libros: enarbolando la flor se iban por la Plaza de la Independencia, remedando acaso un poco la fiesta instalada en las Ramblas, donde a esas horas los escritores más afamados dedicaban sus obras y sus rosas al público.
Las flores son una declaración de amor, de paz, de fraternidad.
Allí, en El Retiro me asaltó de pronto un recuerdo floral, este de hace hoy cincuenta y dos años: el 25 de abril de 1974 asistí, jovencísimo corresponsal en Lisboa, a la colocación de claveles en las bocachas de los fusiles de los soldados que se rebelaron contra la dictadura salazarista: 'a revoluçao dos cravos' consagraba el rojo de los claveles como un signo de la democracia que llegaba, como las rosas rojas nos hablan de hermanamiento. Al menos por un día.
España es país florido. Cuando naces, cuando te casas, cuando mueres, las flores nos acompañan como un estallido de color y olor, un guiño de complicidad en los momentos más importantes. Lo malo no son las circunstancias excepcionales: lo malo es la cotidianeidad, llena de espinas. Lo mismo que el mundo: nadie coloca claveles en los cañones de los fusiles ni de los misiles que matan en Ucrania, en Gaza, en Irán, en tantas otras partes del Planeta a las que les dedicamos menos atención, como si los muertos allí valiesen menos. ¿Alguien recuerda haber visto alguna vez a Putin, a Netanyahu, a Trump, enarbolando una flor? Yo no; ni siquiera gracias a la Inteligencia Artificial, que, con tanta prodigalidad como inmoralidad y falsedad, utiliza la Casa Blanca.
Estamos, sí, en la era de las espinas, no en la de las flores. Los 23 de abril son una excepción en la que las gentes se abrazan, pero el 24 ya se ha desvanecido el estremecimiento de tales abrazos y besos. Los 25 de abril han dejado de ser ya conmemorados en Portugal, donde, lo he constatado, aún se recuerda, sin embargo, aquel espíritu jubiloso que nos hacía cantar el 'Grándola, vila morena' cogidos del brazo por la Avenida da Liberdade.
Eran otros tiempos aquellos, y a mí, espectador de la alegría de los portugueses y de la enviada de los españoles hacia sus vecinos en aquellos días primaverales de 1974, no deja de vencerme una cierta nostalgia de las mujeres colocando claveles en las bocachas, como me provoca una sensación melancólica ver a las parejas, jóvenes y no tanto, besándose por el Paseo de Gracia cuando se regalan un libro, cualquier libro, y una rosa, adornada con una banderita catalana. Lo primero es ya un pasado irrepetible; ¿a quién le importa ya aquel 'espíritu del 25 de abril cuyos protagonistas han muerto? Lo segundo, es flor -nunca mejor dicho-de un día: el 24 de abril ya se han recogidos puestos de libros, las rosas han empezado a marchitarse y los besos quedan para lo privado. Las calles recuperan ese aroma de soledad de cada día. Y nosotros, los periodistas, volvemos a la narración de las tragedias que traen aparejadas estos días. Demasiadas espinas para llegar hasta la flor que las culmina.
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