Respeto... Miedo... O ridículo

Respeto... Miedo... O ridículo

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Un dirigente político, que gobierne un país democrático, intenta que los ciudadanos sigan sus indicaciones por el respeto adquirido. Los dictadores, sean comunistas o fascistas, lo tienen mucho más fácil, porque no necesitan convencer a los electores, puesto que no hay elecciones, y obtienen la obediencia general de los ciudadanos, gracias al miedo que provocan.

Hay ocasiones en que, sin llegar a la dictadura, el gobernante puede generar miedo por sus características personales, su carácter retorcido o sus amenazas. Ahora bien, si el gobernante no proyecta, ni respeto, ni miedo, en muy poco tiempo pasa a convertirse en protagonista de chistes, chascarrillos, juegos de palabras, y mofas de diversa especie. Es inevitable. Si no te admiran, si no acatan tus indicaciones, si no produces temor, porque se generaliza la impresión de que el mandato va a terminar, entonces comienza una etapa absurda y grotesca donde las migajas de respeto o de admiración se desvanecen, y cuanto más intenta resistir el gobernante más irrisoria y grotesca resulta la situación.

Claro que el ridículo tiene un protagonista principal, pero hay siempre detrás una nutrida compañía que, en lugar de contribuir a levantar la moral del personaje, se ofrecen como cirineos del estrafalario calvario, que pocos son capaces de soportar.

Este rebaño obediente, capaz de aplaudir la tontería más notoria que pueda decir el ridículo resistente, siempre ha llamado mi atención, porque no pueden ser tan memos que esperen un milagro, ni tan generosos como para sacrificar su futuro, en aras de una cabezonería del gran protagonista en su esperpéntico ocaso.

Lo único que puede lograr en su empecinada degradación, después del ridículo, es el cansancio de quienes ya no le tienen respeto, ni miedo, ni siquiera extraen un poco de regocijo. Ese cansancio sin caridad, como ese enfermo larguísimo que no se muere nunca, y cuyo óbito produce un alivio generalizado.

Y, eso sí, el rebaño sumiso, casi suscita un hálito de piedad, neutralizado enseguida, porque no hay nada más peligroso que un tonto, estropeado con la vuelta al poder.


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