Vivo en una ciudad de la Comunidad de Madrid alejada de la capital y ya me he prometido no pasar de ninguna manera por zonas cercanas a aquellas que alojan las proximidades del circuito de Fórmula 1, que estos días estrenamos: dicen que cuatrocientas mil personas llegan para asistir a un campeonato automovilístico que, al parecer, apasiona a las masas, felices ellas. Y así debe ser, porque resulta que la media que tienes que pagar por asistir al evento son mil quinientos euros, y eso en las zonas donde no se ve la famosa curva esa que es la que pone a prueba a los pilotos.
En Madrid este finde no quedan plazas de hoteles, los restaurantes están abarrotados, las mesas de las terrazas de los bares jamás están vacías. Todos vienen a la ciudad de la abundancia y de los líos, la urbe que nunca duerme y, cuando lo hace, es con un ojo abierto. El símbolo de la prosperidad y también del desmadre social, de la desigualdad máxima. Y, claro, de la guerra total entre Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso, que es aún más encarnizada que la que subsiste entre el propio Sánchez y el teórico jefe político de Ayuso, Feijoo. Y es una batalla que también tiene su pizca de pimienta política atractiva para el espectador, o sea, nosotros.
Lo que ocurre es que esta prosperidad aparente se irradia al resto de España: aún me pregunto qué hace que miles de personas se lancen a pagar ochocientos euros por una noche en un hotel de cuatro estrellas para ver desde la terraza un eclipse de sol que dura dos minutos. Mi amigo el periodista noruego que de cuando en cuando visita España --para quedarse mentalmente noqueado ante lo que por aquí ve-- dice que, con estos datos, debemos ser un país escandalosamente rico. Un país en el que se llenan los conciertos masivos a trescientos euros la entrada y no te reservan una mesa en un estrella Michelin hasta dentro de dos meses, mientras abren sin cesar hoteles de super luxe que se abarrotan antes de inaugurarse.
Un día de estos me voy a llevar a mi amigo noruego a los desayunos que el padre Angel organiza en la iglesia de San Antón. O a dar una vuelta por ciertos barrios periféricos de la capital. O a que hable con los vecinos de algunas urbanizaciones que yo me sé en las que sus habitantes llegan muy malamente a fin de mes. España no es ciertamente un país pobre -ya podríamos, ya, tratar con un poco más de generosidad a los menores migrantes--, pero tampoco un país rico; sí es un país en el que las diferencias y las injusticias son escandalosas, y más valdría que un Gobierno que presume de socialdemocracia avanzada empiece a poner remedios en lugar de andar enzarzándose todo el día con jueces, periodistas, guardias civiles, policías y qué se yo cuántos colectivos más.
Pero la imagen que vamos dando por ahí, me consta hasta donde me consta, es la de un país feliz, en el que solamente en la madrileña calle de Ponzano hay más bares que en toda Noruega, y eso, la verdad, ya es un dato. Y tenemos el circuito de F1 más caro del mundo, presumen sus organizadores, que ya son ganas de presumir. Y ya digo: ni una plaza de hotel de cierto standing en todo Madrid, oiga. Así que ¿para qué andar preocupándose del problema de la vivienda? Eso son cosas de la vida cotidiana, y aquí lo que importa es el brillo de las carreras y quién va a organizar la final del campeonato mundial de futbol. Carpe diem, aprovechemos la coyuntura, que mañana quién sabe si, en lugar de un F1, estaremos añorando volver al seiscientos, ahora que dicen que nos quitan la Seat.
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