Estamos en manos de un cabestro, más conocido por el sobrenombre de Donald Trump. Y de un lunático que se hace llamar Benjamín Netanhayu. ¿De verdad son portadores de la buena noticia de la paz en Oriente Medio o estamos antes un nuevo espejismo que borrará de nuevo la agresividad israelí en el sur del Líbano?
Nadie está realmente seguro de que el alto el fuego anunciado para que EE.UU. y la República Islámica de Irán llegue al viernes sin malograrse por enésima vez. Hasta lo que se va a firmar en Suiza elude la denominación genérica de "tratado de paz" y se remite al eufemismo de "memorándum de entendimiento". Pero es verdad que el simple anuncio de ese acuerdo de 14 puntos alimenta la esperanza en medio del desasosiego general.
Sobre todo, en tres de ellos. Uno es la bandera blanca, al menos durante sesenta días, junto a la voluntad de seguir negociando. Incluye el fin de la agresiva campaña israelí en el sur Líbano. Otro es la apertura del estrecho de Ormuz. Y un tercero, que Irán renuncie a fabricar armas nucleares, aunque se respete su derecho al uranio enriquecido sin finalidades militares.
No hay mejor horizonte inmediato. Pero nadie puede garantizarlo si depende de dos personajes condenados a entenderse, pero con agendas no necesariamente coincidentes. A Trump le apremia acabar con un conflicto que no le ha traído más que problemas internos y a Netanyahu le apremia seguir con un conflicto que ha consolidado su expansionismo y ha reforzado su primacía militar en la región.
La cosa se complica si encima los expertos te dicen que ni la Guardia Revolucionaria (brazo armado del régimen de los ayatolás) ni el propio Netanyahu están convencidos de haber encontrado el mejor camino para resolver de una vez por todas el conflicto de fondo, que es la rivalidad de Irán e Israel por el control de la región.
Por todo eso soy tan directo en la esquematización de una estúpida guerra que, desde su comienzo el 28 de febrero, ya ha costado más de 7.000 muertos y de la que solo Israel salía ganando a un coste relativamente bajo, mientras en el resto del mundo saltaban todas las alertas frente al riesgo cierto de una nueva crisis energética.
Y es que el precio de la guerra en Oriente Medio lo están pagando otros. Empezando por Trump. De ahí la euforia expansiva de su grito para las redes sociales y para los mandatarios del G-7 (preside Francia y, a falta de China y Rusia, no están todos los que son). "¡Que fluya el petróleo!", ha dicho como quien podría haber dicho también "¡que corra el champán!", por si así remonta en los índices de popularidad, que se han desplomado entre una ciudadanía norteamericana harta de un conflicto que le afecta al bolsillo y del que su país no ha obtenido ninguna ventaja.
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