Hace unos meses publiqué un libro, 'Quemados' -perdón por hablar de mi libro-, afectado por el incendio que tanto dañó los alrededores de mi casa y las de varios vecinos de mi zona. Los incendios, físicos o metafóricos, son la tónica de los titulares de cada día en este país nuestro.
El año pasado se quemó casi el uno por ciento del total de la superficie nacional, dejando, calculé yo (no hay cálculos oficiales), cincuenta mil afectados, de ellos cuatro muertos (uno en mi municipio); de las llamas metafóricas que devoran nuestra credibilidad en unos representantes que ni se inmutan al ver las desgracias de las víctimas ya ni hablo: muchos ni se han recuperado de las pérdidas, ni han recibido indemnización alguna. Ahora volvemos al desastre.
De pronto nos enteramos de cosas que deberíamos haber sabido en febrero, que es cuando deben apagarse los incendios, no en julio. Primero, que solo la mitad de la flota que nos anunciaron de aviones para combatir los incendios está, en realidad, operativa; segundo, que es cuestión de (poco) tiempo que las temperaturas en determinadas zonas de España lleguen a los cincuenta grados, digan lo que digan los terraplanistas que todo lo rechazan. Y tercero, obviamente, que los incendios (sigo hablando de los físicos, luego hablo de los metafóricos) ocurridos en lo que va de julio constituyen un récord para el libro Guinness: más que nunca.
O sea, que no hemos aprendido nada. Siento mencionarlo, pero todo lo antedicho significa un fracaso para nuestras distintas administraciones. Una muestra más de que el país no funciona como debería. Que este año pudiera repetirse la estadística del anterior, cuando España ardía por los cuatro costados mientras los gobiernos central, autonómicos y locales se peloteaban las culpas, en lugar de cooperar de manera efectiva para paliar las catástrofes, sería simplemente inaceptable.
Pero lo cierto es que el Gobierno central no ha hecho lo suficiente en cuanto a infraestructuras -aunque Sánchez anunció un esfuerzo sin precedentes--, ni a concienciación ciudadana para prevenir, desde febrero, que ya digo que es cuando hay que hacer estas cosas, la desgracia. Y casi lo mismo podría decirse de la mayoría de los gobiernos autonómicos: los más proclives a sufrir incendios han vivido obsesionados por sus propias elecciones regionales y ya se sabe que no es fácil ocuparse de sí mismo y, al tiempo, del ciudadano y de sus necesidades. Por fin, consta que muchos ayuntamientos, y sé bien lo que digo, no están cumpliendo, pese a sus campañas propagandísticas, con su deber preventivo y vigilante. Ni están escuchando, sigo sabiendo de qué hablo, las advertencias de los vecinos, que son los que mejor conocen su propio terreno, mucho mejor que los burócratas en sus despachos, desde luego.
Ya digo que en esta ocasión, impresionado por los imágenes de llamas que veo en Cataluña, en Castilla o en Galicia, he querido hablar de los incendios físicos, no de los morales que cada día caldean los juzgados y los titulares de los medios de comunicación. Un país que cada día tiene en esos titulares algún incendio, real o metafórico, no va bien, siento mucho tener que decirlo. Es, tengo que insistir, un país que no nos funciona a los ciudadanos, aunque les funcione a quienes dicen representarnos.
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