Nunca se pudo imaginar Ada Colau que, aupada a la alcaldía de Barcelona sobre los ladrillos de su movimiento en contra de los desahucios, se encontraría con que el presidente de la Generalitat se iría a transformar en un okupa.
Estas cosas pasan, y el vecino que parecía tan simpático igual te obliga a marcharte a vivir a otro barrio, de la misma manera que los objetivos de ayer casi producen rubor y vergüenza, o sin casi, porque de aquellas molestias relamidas sobre la invasión de los pasajeros de los cruceros -molestas gentes que desgastaban las aceras ¡qué horror!- pasamos enseguida a la invitación implorante del okupa para que los españoles que, según él, le robamos a Cataluña, fuéramos este verano a las playas catalanas a dejar un puñadito de euros para mantener el tipo, me refiero al tipo de interés, porque el secesionista sólo está interesado en una sola cosa, como aquellos que aborrecía Tomas de Aquino por ser personas de un solo libro.
Esperemos que el okupa no deje el piso hecho una porquería, ni se lleve las tuberías de los lavabos, y no es ninguna observación grosera, porque en los servicios de escolta al Prófugo han estado malversando fondos, y enviando policías catalanes a Bélgica para que el Cobarde se sienta protegido.
Viajes, dietas, sueldos, gratificaciones, etcétera, van por nuestra cuenta, quiero decir de nosotros, los contribuyentes, vivamos o no en Cataluya, porque la deuda que los patriotas secesionistas han ido acumulando está ya por encima de los 80.000 millones de euros.
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