¿De verdad, no tenemos remedio?

¿De verdad, no tenemos remedio?

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Está instalada en nosotros, en nuestro subconsciente, y algunos se empeñan en recordárnoslo permanentemente, esa vieja teoría de que los españoles no tenemos remedio. Tal vez los ingleses, los argentinos o los alemanes, los cubanos, los venezolanos o los italianos piensan lo mismo. Que siempre disparamos sobre nosotros mismos, que nos regodeamos con nuestras desgracias porque "siempre ha sido así y así seguirá siendo". Que es el carácter, la tragedia histórica, el pesimismo instalado en la conciencia nacional. Ver siempre lo negativo sobre lo que puede ser positivo. Que nos educamos, o nos educan, en la confrontación, la confrontación, la polarización y el desprecio a los que triunfan o la facilidad con que convertimos a los triunfadores en juguetes rotos. El desmedido impulso de no reconocer como se merecen aquellos que hacen las cosas bien y fijarnos siempre en lo malo de los otros. Las dos Españas. Quijotes y Sanchos, el 98, los trileros, el esperpento, los pícaros, echar fuego a los incendios... La historia.

Estamos ahora en otra etapa cercana al 98. Pero, ahora, ni siquiera los intelectuales -¿los hay ahora?- son capaces de levantar la voz y ser escuchados. Corrupción en política de enorme gravedad, con el entorno del Presidente del Gobierno investigado, encarcelado y condenado y con sentencias pendientes para el PP; intentos de desmontar lo que tanto costó levantar en la transición gracias a las cesiones y los consensos entre quienes poco antes eran enemigos irreconciliables; minusvaloración de la Constitución que más ha durado y más ha contribuido a la modernización y a la libertad de un gran país; un Parlamento bloqueado y un Gobierno sin Presupuestos desde hace tres años; los enemigos de la Constitución y de la democracia sosteniendo bajo chantaje permanente a un Gobierno incapaz de aprobar nada; ataques a la independencia judicial desde el propio Gobierno; un PSOE que ha dejado atrás la socialdemocracia para pasarse al populismo, y un PP que está en manos del chantaje populista de VOX si quiere gobernar. Y, sobre todos esos problemas, la creciente desconfianza de los ciudadanos en la política y en los políticos.

Pero los dos grandes problemas de este momento son, de una parte, el suicidio del socialismo para salvar por una temporada a su actual líder, el silencio culpable de los dirigentes socialistas nacionales, autonómicos o locales, incapaces de tener un mínimo sentido crítico y exigir el retorno del actual PSOE de Pedro Sánchez a la socialdemocracia. Lo pagará el partido. Y el segundo, la incapacidad del PSOE y del PP, que representan al sesenta por ciento de los españoles, tal vez más, de ni siquiera poder sentarse a una mesa para dialogar y dar respuesta a los grandes y urgentes retos que acechan el presente y el futuro. Dejarlos en manos de los herederos de ETA, de los que quieren separarse de España o de quienes están más cerca de la antidemocracia que de la construcción de un país abierto y libre, sólo nos conduce al desastre.

Yo me niego a pensar que no hay salida, que no tenemos remedio. Si los críticos del PSOE no lo hacen o tampoco lo hace el Partido Popular -y no basta con palabras, son precisos compromisos expresos- alguien tiene que encabezar un proyecto de regeneración, de respeto y desarrollo de la Constitución, de fortalecimiento de la independencia judicial, de transparencia en la vida pública, de rendición de cuentas, de medidas muy duras contra la corrupción, de garantías de una Administración y unas empresas públicas al servicio de los ciudadanos y no de los intereses partidistas o personales de políticos sin escrúpulos, de un Parlamento que debata, legisle y controle al Gobierno, de un uso escrupuloso de los impuestos de los ciudadanos, de unos servicios públicos que funcionen. Si queremos tener futuro, eso pasa ineludiblemente por un entendimiento entre los dos grandes partidos para poner en marcha las reformas que España necesita urgentemente. Y eso pasa también por apartar a todos los que lo están impidiendo hoy. Regeneración de la política, regeneración de los políticos y unos ciudadanos que exijan comportamiento éticos a quienes nos gobiernan. Se puede, claro que se puede. Y, además, se debe.


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