La educación es una capacitación o formación, basada en herramientas metodológicas y prácticas, diseñadas para que los individuos logren desarrollarse en distintas áreas.
Sin embargo, va mucho más allá. La labor educativa también ofrece la oportunidad de formar valores en los pupilos que buscan expandir sus conocimientos, ya que sin principios, el factor humano se vería de alguna u otra manera comprometido. A continuación, analizamos el papel de la educación ética en la formación de los valores de los estudiantes.
Platón defendía que a educación hace posible que los aprendices superen lo aparente e indaguen sus dudas hasta llegar al conocimiento. En otras palabras, a través de la educación se pueden romper las barreras de la ignorancia, conocer el aprendizaje y, por lo tanto, desarrollarse como persona. Es por esto que uno de los primeros factores a tener en consideración al momento de analizar el plano educativo, es la ética. Por ejemplo, para cualquier universitario sería imposible escribir un buen ensayo sobre la religión que aborde el rol de la iglesia en la sociedad actual, sin tener claros sus valores propios. Aquí, queda en evidencia la relevancia de recibir una educación basada en la ética y no una basada en la inmoralidad, o peor aún, en la desinformación.
¿Qué es la ética?
Para entender a cabalidad los matices de la ética en la educación, es importante saber que la ética y la moral es parte de quien es cada quien como individuo y cómo se relacionan con su entorno social, ambiental, etc. Con esto en consideración, resulta fundamental aplicar estos valores en la educación infantil, de esta manera los niños y las niñas tienen la oportunidad de aprender la importancia de ser respetuosos y honestos tanto consigo mismos como con quienes les rodean.
La educación escolar y universitaria es mucho más que un canal para la transmisión de conocimientos didácticos desde los maestros hasta el estudiantado. A través de herramientas educativas es posible promulgar, e incluso inculcar, valores como la empatía, la responsabilidad, la igualdad, la consciencia ambiental y, sobre todo, el pensamiento crítico, vital para el crecimiento personal y social de las poblaciones.
Los valores, por su parte, están comprendidos por una serie de creencias, ideales y actitudes que en general deberían estar intensamente arraigados por mucho tiempo en los individuos. Es a través de estos principios que las personas miran el mundo y lo enfrentan, por lo cual la educación basada en los valores se vuelve cada vez más relevante.
La educación ética contempla todos los aspectos del proceso educativo, ya que su principal fundamento es basarse en las dimensiones éticas de la existencia humana. Resulta muy conveniente entonces implementar este principio mediante métodos y herramientas educativas prestas para estructurar, monitorear y guiar el desarrollo holístico de los individuos.
Estimular la reflexión ética, fomentar la autonomía, la conciencia, la compasión, la autonomía, y la responsabilidad en los niños, son algunos de los principales objetivos de la ética y la educación basada en valores. De esta manera es posible bridarles conocimientos sobre valores y principios éticos fundamentales, con la intención de cultivar las capacidades intelectuales que más utilidad tendrán en sus vidas y que a su vez son los componentes de un juicio moral responsable.

Expertos y autores coinciden en que educar es una labor colaborativa, que no depende únicamente de los maestros, o de los estudiantes. De hecho, depende de todos y todas, de los docentes, de los alumnos, de los padres, de las madres, de la familia en general y del entorno. Dicho de otra manera, todos los miembros de la sociedad pueden y deben aplicar la educación basada en valores con el fin de promulgar los principios éticos para coexistencia humana.
La educación desde esta perspectiva desarrolla enfoques idóneos para crear espacios escolares como comunidades éticas, donde se impulse la participación reflexiva de los estudiantes en comunidades con la misión de hacer aportes positivos a ellas. Este enfoque es muy eficaz para que los niños superen los prejuicios, la exclusión, la discriminación y otras actitudes poco éticas. Al mismo tiempo, desde los valores, los niños y niñas pueden formar posturas más coherentes hacia sí mismos, hacia sus relaciones, y todo lo demás.
De esta manera, está la mesa servida para la formación de personas sanas, con buena autoestima, autónomas, con un alto sentido de la responsabilidad social y afectiva, y con la intención de cultivar constantemente su pensamiento crítico. Este perfil de ciudadano es el más conveniente para preservar tanto la civilización, como el planeta tierra. Es fundamental la formación de poblaciones cada vez más conscientes de las circunstancias que enfrenta el medio ambiente.