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“La cruz del apedreadero” en la mejor tradición de novela histórica

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“La cruz del apedreadero” en la mejor tradición de novela histórica

Cualquier lector ha sentido alguna vez angustia —como ya constató Azaña hace un siglo— al entrar en una librería y advertir la imposibilidad material de leer siquiera una pequeña parte de la abrumadora multitud de novedades. Pero la zozobra llega al extremo si se consideran, asimismo , todos aquellos lanzamientos que, gracias a las nuevas tecnologías, quedan fuera de los circuitos convencionales: las ediciones a través de plataformas independientes, los libros exclusivamente electrónicos, etc. 

No es extraño, por tanto, que para el más perezoso este segundo grupo quede fuera de toda consideración, de manera que se pasen por alto lanzamientos de autores noveles o ya consagrados, pero, sencillamente, situados al margen del sistema tradicional. En concreto, “La cruz del apedreadero” (2021) forma parte de ese extenso y recóndito magma de obras que se encuentran disponibles en plataformas (en este enlace de Amazon, por ejemplo) y que merecen ser destacadas. Su autor, Ramón Morillo-Velarde (Belalcázar, 1954) es un catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos que, tras una dilatada trayectoria de producción científica en lingüística y literatura, se ha pasado con armas y bagajes a la pura creación literaria. Y se debe celebrar ese cambio porque el resultado, lejos de los resabios de una prosa técnica o erudita, ha resultado ser fantástico: el lector encuentra una narración ágil, interesantísima de principio a fin, plagada de escenas casi cinematográficas, de guiños, escepticismos y humanidad.

Se trata de una novela de ambiente histórico, de lances y aventuras, situada en la Sevilla de los últimos años del siglo XVI. La obra es breve —es la primera de una serie— y se lee en un santiamén; está escrita en un español que remeda —aquí encontramos al profesor erudito— el español del Siglo de Oro, pero solo hasta cierta medida, de manera que el lector más inexperto saboree su carácter y no naufrague en su misterio. En ella descubrimos, en sustancia, la historia de la familia Quesada, afincada en Sevilla, y del misterio —desconocido también para ellos— de sus orígenes. En la persona de Yago Quesada, el primogénito de la familia, entramos de lleno en la vida de la ciudad andaluza. La novela contiene una historia poliédrica que incluye amor, lances callejeros, conjuras y hasta un tesoro escondido. Es una historia de aventuras y desencuentros con la Inquisición.

La singularidad de “La cruz del apedreadero” comienza en su misma inspiración. Lo real es que un viejo y desconocido volumen con lances de jesuitas llegó, de forma inverosímil, a las manos del profesor quien tomó esas narraciones como punto de partida. La invención es el hallazgo y transcripción de las memorias de Yago Quesada por parte de Morillo-Velarde, convertido de esta manera en personaje y autor de su propia novela. Pero el juego, que al igual que en la mejor tradición hispánica, no se hace pesado ni excesivo, está constantemente presente en estas páginas en las que aparecen Monipodio y Cervantes en pie de igualdad, resultando, de nuevo, una mezcla de realidad y ficción de hondo sabor cervantino. Hay en toda la narración una fina ironía, un tono de sonrisa a medio dibujar, un sano escepticismo hacia esos dispendios de energía que son las pasiones humanas, de manera que encontramos en el texto el sabor de nuestra mejor tradición. La mala noticia es que debemos esperar para leer las siguientes entregas y que, a partir de ahora, la angustia ante los escaparates de novedades será mayor.