Ni cien horas duró la tregua que acompañó la presencia del Papa en el Congreso de los Diputados. Todo fue proseguir viaje de León XIV a Barcelona y regresar al Hemiciclo la furia verbal y las descalificaciones.
Aquella invitación a la sindéresis contenida en el discurso del Pontífice que fue premiado con un aplauso que duró siete minutos fue un espejismo.
La Sesión de Control nos devolvió la imagen de una disputa a cara de perro. Alberto Núñez Feijóo disparando con todo, enumerando uno tras otro y hasta más allá de la docena los sumarios abiertos sobre casos que salpican de uno u otro modo al Presidente del Gobierno. Y Pedro Sánchez se revuelve exhumando la agenda judicial de la decena de casos que en su día afectaron al PP. Cuando la dialéctica se reparte entre el "y tú más" y el "pues anda que tú" no se puede hablar de debate parlamentaria. Es una bronca de barra de bar a dos pasos de "sujétame del cubata". Un bochorno. Porque lo mismo se puede decir de otra manera. En el caso del jefe de la oposición recordándole a Pedro Sánchez que es presidente del Gobierno porque en su día encabezó con éxito una moción de censura que prometía regenerar la política española acabando con la corrupción.
Aquella iniciativa parlamentaria estuvo precedida de reiteradas demandas de convocatoria de elecciones por parte del propio Pedro Sánchez que a la sazón era el líder de la oposición. Lo mismo que pide ahora Alberto Núñez Feijóo. Pero a esa demanda Sánchez responde como quién oye llover. Nadie concebía grandes esperanzas de templanza en los debates parlamentarios como resultado de las palabras del Papa invitando a no descalificar ni humillar a los adversarios, pero encoge el ánimo la inmediatez de la vuelta a los debates broncos en el mismo Hemiciclo en el que todavía no se había extinguido el eco del sereno discurso de León XIV.
La política es debate y confrontación pero la dureza de las intervenciones de algunos parlamentarios quizá está cruzando una frontera que no debería ser rebasada porque transforma al adversario en enemigo y con ese discurso que acaba permeando en la sociedad se fomento el odio, algo indeseable en una sociedad democrática.
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