Dedicar un espacio como este a recordar que hace cincuenta años -los hará el jueves-un tal Adolfo Suárez fue sorpresivamente elegido por el Rey Juan Carlos como Presidente del Gobierno podría parecer a algunos un intento de enfriar, recurriendo al pasado, la tremenda actualidad de este hoy tan convulso. Y no; todo lo contrario. Resulta que la figura de Suárez, aquel presidente que nos trajo, venciendo todos los obstáculos imaginables, la democracia, está hoy más de actualidad que nunca. No por los pasos valientes para desmontar el franquismo frente a unos militares amenazantes, sino por otra razón: porque dimitió. Que es, más o menos, lo que hoy le piden no pocos sectores que haga a Pedro Sánchez.
Que quien ha sido tu principal aliado y sostén en el Parlamento, es decir, Junts, te pida precisamente en la Cámara legislativa, como ocurrió la semana pasada, que des un paso a un lado y sigas la 'vía Starmer' para retirarte, es decir, situar a otra persona de tu partido para que sea investida hasta la celebración de unas elecciones, debería hacer meditar a Sánchez mucho más de lo que parece estar haciéndolo. Al menos, a tenor de sus últimas intervenciones públicas. Porque, al fin y al cabo, lo que el 'premier' británico Starmer ha hecho es lo mismo que hizo Adolfo Suárez a finales de enero de 1981, tras menos de cinco años en el Gobierno: dimitir y dar paso a un sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo en ese caso, para que fuese investido, en sesión por cierto tremenda aquel 23 de febrero, como nuevo presidente.
Tuve ocasión de preguntarle a Suárez varias veces por las verdaderas razones de su dimisión, más allá de la explicación televisada de "dimito porque no quiero que la democracia sea un paréntesis en la Historia de España". Nunca recibí una explicación lo suficientemente satisfactoria: ¿desavenencias con el Rey con el que había forjado una amistad creo que sincera?¿temor a un golpe militar como el que llegaría menos de un mes después de su dimisión?¿las fricciones en la Unión de Centro Democrático gobernante?
Sí, Suárez se había convertido en un recluso en La Moncloa, aquejado de problemas serios de salud bucal, aislado de los 'barones' del partido que él mismo había creado y con la hostilidad más que manifiesta de los altos mandos militares. Nada de esto ocurre hoy, claro está, con Sánchez, que, sin embargo, se ve acosado por una presión de la opinión pública (y publicada) muy superior a la que también padeció Suárez. Pero aquellos no eran tiempos de corrupción generalizada, ni de falta de respeto a las nacientes instituciones, ni de transgresión de líneas rojas constiucionales. Creo recordar que los periódicos, aunque muy críticos con Suárez, nunca dijeron de él algunas de las cosas que, derivadas de la actualidad, hoy dicen sobre Sánchez y su entorno. Y contra Suárez nunca votó una mayoría del Congreso de los Diputados para que convocase elecciones o se sometiese a la cuestión de confianza.
Admiré a Suárez, sí, por su valor, que no es precisamente cualidad que le falte tampoco a Sánchez. Pero a veces se requiere valor también para abandonar posiciones irreductibles, y la de Sánchez lo es, además de imposible. No hay conejos en la chistera, ni balas en la recámara, ni los aliados de aquella moción de censura contra Rajoy lo son ya (que se sepa), ni el Gobierno está (tampoco ahora) cohesionado, sobre todo porque Sumar es una jaula de grillos. Todo está aliado en contra de Sánchez, gritándole que haga algo que ponga fin a esta situación asfixiante, en la que la aparición de un nuevo audio, de otro informe de la UCO, la confesión de otro arrepentido, puede provocar una hecatombe fatal en las filas del Gobierno de la cuarta potencia de la UE. No asuma más riesgos, presidente.
Ya sé que no es muy justo, ni quizá acertado, equiparar situaciones y figuras de hace medio siglo con lo que hoy nos está pasando. Pero hay recetas que la Historia nos enseña que deberían repetirse o, por el contrario, evitarse. Suárez acertó con los consensos que llevaron a los pactos de La Moncloa, acertó asumiendo grandes riesgos al 'normalizar en los despachos oficiales lo que en la calle era normal', en definición tan acertada del lamentablemente desaparecido Fernado Onega. Y creo que acertó dimitiendo. Antes de eso, contaba Pepe Oneto en uno de sus libros, se le oyó decir: "y si me equivoco, que me manden a hacer puñetas".
Claro, Suárez, como les ocurría a Felipe González, a Rajoy o al propio Zapatero -no tanto, creo, a Aznar-, no era un hombre obsesionado por seguir a cualquier precio en la cúspide del poder. Para él, había cosas más importantes.
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