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“Conocer el suelo”: conocer lo conocido

“Conocer el suelo”: conocer lo conocido

“Conocer el suelo” (Editorial Dieciséis, 2022) es una novela que te incita a conocer. Conocer sobre el ballet, sobre la disciplina, sobre las relaciones, sobre los anhelos, sobre el egocentrismo, sobre las ausencias, sobre los silencios; conocer sobre lo que conocemos, pero que, en demasiadas ocasiones, ignoramos. “El mapa del limbo” (2015), “La noche divide al día” (2018) y, ahora, “Conocer el suelo” (2022) son las obras que recoge la producción literaria de Mario Blázquez (Madrid, 1976). Licenciado en Comunicación Audiovisual y escritor de novelas y artículos, conjuga sus dos pasiones en las letras, a las que aporta un prisma visual que trasciende el papel. Las dota de vida, de referencias, de colores y de ilusiones ópticas que logran descripciones que abarcan más allá de la bidimensionalidad. 

En las 178 páginas que conforman el libro, se expone la relación distante entre dos hermanos que comparten vida de manera fortuita, como una casualidad a la que no le dan razón de ser. Están incrustados en un espacio-tiempo que no coincide, no por los vaivenes ajenos, sino por los propios. Si en casi 200 hojas caben los momentos que se dedican, íntegros, comprendemos que a la palabra “hermanos” sucede “extraños”, lo que son el uno para el otro.

Blázquez divide la historia a partir de los encuentros que se dan entre los personajes principales, cronológicamente contextualizados por el año que encabeza los capítulos. De manera intermitente para con la trama, el autor introduce breves nociones de la ocupación que obsesiona a la hermana: el ballet. Estas notas, de apenas un párrafo, exponen cuestiones precisas de la disciplina y advierten de la tónica que seguirán los capítulos insertos en este apartado. Y, aunque en cierto modo son informativos, también son armadores del argumento. Una segunda lectura consigue hilar los conocimientos que nos aportan tales páginas y unirlos para eclosionar en un final que, pese a no ser explosivo, sí recoge todas las piezas pendientes. 

Tampoco nos precipitemos, “Conocer el suelo” no pretende ser misterioso ni dejar pistas que el lector deba ir anotando para entender la conclusión de la historia. No. “Conocer el suelo” trata de hacernos entender el vínculo entre dos seres que, pese al amor que se tienen, no logran encontrarse ni estando el uno frente al otro. Quizás lo que falla es la generosidad o, en otros términos −aunque cueste ver la relación de analogía−, la focalización externa. Al tiempo que avanza la trama uno se da cuenta de que estamos ante una cuestión de perspectiva. El perspectivismo comenzó a imponerse en la literatura del siglo XX con el fin de aportar realidad a la congruencia del relato y, tal vez por ello, esta historia es tan veraz; es un espejo en el que todos nos reflejamos alguna vez. Sin embargo, esta misma veracidad nos advierte del egoísmo intrínseco en cada uno de nosotros. El problema en el trato de estas personas es que no se conocen y no se dejan conocer. Toda la historia está contada a partir del hermano, del que intuimos un amor por su familiar aparentemente no correspondido; le duele no poder acceder a ella. Los desplantes, el desinterés y la ausencia terminan definiendo a Teresa, con la que finalmente ya solo comparte un lazo genético, no emocional. No obstante, lo que a ella le sucede es que no sabe materializar cómo se siente y, ante un vacío verbal, nos quedamos con lo descrito por él. 

Teresa solo se comunica al final del libro, cuando ya ha conocido el suelo, literal y literariamente, cuando no le quedan excusas que poner ni olvidos que olvidar. “No hizo `de la caída, un paso de danza´, pero tampoco se desplomó del todo. Aquello, no cabía duda, era algo que había aprendido con maestría. Conocía el suelo”. En el momento en el que tenemos una predisposición sobre ella, rompe los esquemas y revela su versión. Ante esto, el protagonista también queda expuesto: toda una vida intentando descifrar a su hermana y, cuando ya había comprendido que simplemente era egoísta, ella le cuenta sus motivos. Una opinión no abarca a una persona; sus noches, sus días, sus claroscuros, los pensamientos que proyecta, los que calla. Una persona no es un único juicio, no es una figura plana que pueda resumirse en dos palabras. 

No juzgo ni a uno ni a otro, solo comprendo una conclusión: la comunicación es compartir y, solo a partir de la generosidad que supone hablar y contar dónde duele, podemos llegar a conocer a alguien. Tampoco quiero que se me malinterprete; no todo es fácil de verbalizar, pero, en ese caso, no podemos pedir una correspondencia que no facilitamos. Conocer es percibir, es indagar, es compartir y es ser comprensivo. 

Mario Blázquez lo sabe y, por ello, se implica. Estudia la materia que trata y la contrasta con expertos, regala escenas cinematográficas y recoge cada frame que comprende la secuencia dejando, a su vez, que lo interpretes a tu manera; tu propia contemplación es la respuesta. Pero supongo que también ahí es necesaria la constatación de la vista panorámica, la consideración de que la vida comprende la única constante de ser inconstante, además de poliédrica. 

La convergencia de los distintos ángulos se evidencia en los títulos de las partes en las que se distribuye la historia: “huérfanos”, “hermana”, “hermano”, “hermanos”, “hija única”. Es curioso especialmente este último nombre, ya que, durante todo el relato, es él el que asume el rol de hijo único, aquel que vive “colmado de atenciones y voluntades por sus padres”. No obstante, justo el caso contrario convierte a Teresa en hija única: el desdén de unos padres que no aceptan la firme devoción que siente hacia el ballet y la incomprensión de su familiar más cercano. El desprendimiento de ella se vuelve obligado y, aunque no lo entendamos al principio, es la prerrogativa del final. Ese “comprendí entonces que yo también era la persona que más podía herir a mi hermana” nos duele y nos sacude; ella no era mala, tenía sus motivos. Pero él no es malo, tiene sus motivos. Y, dentro de cada uno, se instala la presión de un silencio que exige ahogadamente atención: bien de su hermana, en el caso de él; bien de sus padres, en el caso de ella. 

No pasa nada, hemos caído en la trampa: nos ha parecido que Teresa solo vive por y para sí misma mientras que su hermano necesita del amor que solo ella puede darle. Busca relaciones que colmen este vacío, pero en el fondo reconoce que no hay otra persona que encaje en ese espacio. Por su parte, ella se centra en luchar por una disciplina que se le niega desde el principio. Sus padres no la entendieron, pero ahora nosotros lo hacemos. La plenitud de contar con la cosmovisión completa en un mundo sesgado: catártico. Sin embargo, no va a ser siempre así. Supongo que los autores del siglo XX coincidirían conmigo en que las personas conocen distinta información de manera distinta en momentos distintos y con perspectivas distintas. Un narrador omnisciente es poco realista. Y es cierto. Sobre los demás no tenemos control, pero sí sobre nosotros, así que, si podemos, hablemos. Construimos verdades a partir de las palabras.