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“El encargo”, de Friedrich Dürrenmatt: lean (y relean)

“El encargo”, de Friedrich Dürrenmatt: lean (y relean)

Friedrich Dürrenmatt (Konolofingen, 1921) no debería ser asunto del pasado y así lo pretende la editorial Tusquets con la reedición (2021) de dos de sus novelas más destacadas: “Justicia” (1985) y el relativo a esta reseña, “El encargo” (1986).

La excusa de celebrar el centenario del nacimiento del escritor (el pasado 5 de enero, ya 101) sirve para recuperar el trabajo de un autor cuya estética y retórica le coronan. Su extensa actividad en teatro, radio, televisión y filosofía advierten de lo polifacético que fue, así como de la maestría que envuelve los distintos tonos utilizados. La novela negra o policiaca constituyó uno de los puntos clave dentro de la vida y obra de Dürrenmatt, por lo que, aunque el tiempo y la localización aminoren la importancia y perspectiva de sus textos, cabe recordar por qué fue mundialmente conocido y por qué sus libros escapan a la temporalidad.

“A cada observado le corresponde un observador (…) a su vez observado por aquel observado” sentencia Dürrenmatt. Estas palabras, localizadas en las primeras páginas, son la antesala de lo que nos espera con el transcurso del libro: un asesinato, un encargo y una investigación cargada de incongruencias, giros y enigmas. El laberíntico estilo del escritor mueve a los personajes de uno a otro lado del argumento con el fin de construir una atmósfera en la que las respuestas terminan convirtiéndose en preguntas. 

La historia da comienzo con el inesperado fallecimiento de Tina en las ruinas de Al-Hakim, país árabe. El desconcierto que envuelve las características de su muerte, tanto por los motivos como por la localización del cuerpo −tengamos en cuenta que ella es danesa−, instan a su marido a realizar el “encargo”. Movido por la culpa de haberla tenido encerrada en su domicilio y de haber sido incapaz, como psiquiatra, de curar la depresión de su esposa, decide que necesita “documentar” los hechos. En este punto entra F., una prestigiosa periodista que concentra su actividad en la filmación y recolección de material audiovisual. Sin ella saberlo, la aceptación del encargo la llevará a dejar de observar para ser el objeto de observación.

Desde un primer momento, se establecen unas coordenadas y un marco concretos que sostienen la sucesión de los acontecimientos. Uno de los rasgos que determinan la proeza narrativa de Dürrenmatt es precisamente la descripción de ese escenario. Presenta a los personajes como encarnación de elementos precisos −el abrigo rojo de Tina o el apodo de “Aquiles”− al tiempo que omite otros datos aparentemente más trascendentales. El autor decide prescindir de aportar una denominación expresa a ciertas personas y lugares, sustituyéndolos por iniciales: F. para la periodista o D. en el caso de su amigo.  Con ello, por una parte, se crea una evidente distancia que juega con el lector y lo sitúa en una posición lo suficientemente cercana como para hacerle partícipe de la trama, pero, al mismo tiempo, esta distancia es lo suficientemente lejana como para mantener el suspense y la intriga durante toda la novela. 

El resultado es un lector exhausto: angustia, rapidez, incomprensión y aturdimiento son los instintos lógicos que suceden a “El encargo”. La misma sensación de agotamiento que produce correr sin llegar a ningún lado es la que devora a F., y así nos lo hace saber Dürrenmatt, que no solo convierte en víctima a su protagonista, sino que también a nosotros nos convierte en presas de ese ritmo frenético −acentuado por la ausencia de puntos y seguido−. Además, las respuestas no llegan para delimitar el cauce de la acción, estas se encuentran insertas en las profundidades de la narración, escondidas, crípticas, para proceder al desenvolvimiento de una conclusión que, aunque aparentemente cerrada, nos deja perplejos. 

La técnica compositiva del escritor consigue elaborar un mapa donde las señales terminan uniéndose y apuntando a un entramado impredecible: en la sombra de pequeños alicientes se proyecta un gran conflicto político. Sus dimensiones llegan hasta la policía secreta y esta, a modo de encargo sobre el encargo inicial, hasta F. Dürrenmatt utiliza las palabras como recurso transformador de la verdad, pero la conciencia nos advierte de que esta es sesgada, necesitamos más. A su vez, muchos de estos términos se emplean para situaciones diferentes, de modo que, con cierta ironía, se ríe de nuestro entendimiento. Muestra de ello es el final; la periodista es requerida para documentar toda la investigación. Sin embargo, es ella la que resulta filmada, ya que “solo a través de la cámara, de forma aséptica, (…) era capaz de fijar el tiempo y el espacio en los cuales se desarrollaba el acontecimiento, mientras que sin ella el acontecimiento se desvanecía”. Así, el autor deja escritos −grabados− los hechos y nos lo hace saber. 

“Cuando una araña se precipita desde un punto fijo hacia sus consecuencias, ve siempre ante sí un espacio vacío en el que no puede apoyar las patas por más que patalee” ¿Es esto precisamente lo que logra Friedrich Dürrenmatt con su narrativa? A esta pregunta, un claro “sí”. Son abundantes las reflexiones y las evaluaciones de conciencia a las que nos invita “El encargo”, a nivel individual y general. “A mí me ocurre lo mismo, frente a mí siempre hay un espacio vacío, lo que me impulsa adelante es una consecuencia que está detrás de mí. Esta vida es absurda y enigmática, intolerable”. No es necesario decir nada; yo tampoco tengo todas las respuestas, únicamente una recomendación: lean (y relean).