En España hay unas 200.000 personas afectadas por esta patología neurodegenerativa, más de 18.000 en Madrid.
Expertos y pacientes han reclamado este sábado, con motivo del Día Mundial del Parkinson, una mayor visibilidad de esta enfermedad y han subrayado la importancia del diagnóstico precoz, el tratamiento y el acompañamiento integral.
El Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente tras el Alzheimer. En España afecta a unas 200.000 personas, de las que más de 18.000 viven en la Comunidad de Madrid. Se trata de una patología crónica y progresiva que afecta al sistema nervioso y provoca alteraciones en el movimiento, rigidez muscular y pérdida de coordinación.
Los expertos advierten de que su incidencia seguirá creciendo. El envejecimiento de la población y el aumento de la esperanza de vida, que en Madrid alcanza los 85,7 años, explican esta tendencia.
La edad de inicio más habitual se sitúa entre los 60 y 69 años, aunque uno de cada cinco casos aparece antes de los 50. El diagnóstico temprano resulta clave para frenar la progresión, pero detectar el Parkinson en sus primeras etapas no siempre es fácil: los síntomas iniciales suelen ser poco evidentes.
Aunque el temblor es el signo más conocido, existen otros síntomas previos menos visibles. La pérdida de olfato, los trastornos del sueño, los problemas digestivos, la depresión o la lentitud en los movimientos dificultan un diagnóstico temprano. Según los especialistas, cada vez se buscan más tratamientos que actúen en fases iniciales.
A diferencia de otras enfermedades neurodegenerativas, el Parkinson cuenta con tratamientos farmacológicos que mejoran la calidad de vida. El ejercicio físico actúa como una herramienta clave con efecto neuroprotector.
La Fundación Red Parkinson impulsa el tenis de mesa como terapia. Diversos estudios avalan sus beneficios en las capacidades motoras y cognitivas. Este tipo de actividades contribuyen a mantener la funcionalidad y mejorar el bienestar de los pacientes.
Los expertos alertan de que los síntomas visibles, como los temblores, pueden generar estigmatización social. Esta barrera invisible afecta a la calidad de vida de los afectados y dificulta su integración en la vida cotidiana.