Sánchez pierde la penúltima oportunidad

Sánchez pierde la penúltima oportunidad

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Salgo de la sesión de control parlamentario al Gobierno y solo me sale del alma escribir lo siguiente: lo siento mucho, pero Pedro Sánchez, que ha gobernado bien en algunos aspectos, pero desastrosamente mal en lo que atañe a una política moral, ética y estética, se tiene que marchar.

 No hay sustituto, lo sé. Pero casi cualquiera que vaya a ocupar ahora La Moncloa estará más libre de rencores, vendettas, mala imagen y trucos malévolos. Sabe mucho Pedro Sánchez de eso, de trucos, de trampas, de inveracidades, y usted me dirá que todo gobernante necesita tales 'cualidades'. Yo se lo negaré, y ejemplos, aunque no muchos, tengo. Lo malo es que son lejanos. Inaccesibles en este estanque pútrido que es la política nacional.

Ya no sirve el argumentario 'sanchista' de que los jueces practican el lawfare, los periodistas el fachoferismo, la oposición el derribo sin más y todo ello por el simple hecho de que el presidente, secretario general y qué se yo qué más, no se enteró de la que hacían sus manos derechas. Todo es es ya insostenible, y la pléyade de asesores monclovitas, que son en realidad quienes conforman el Gobierno, lo sabe bien. Otra cosa es que osen decirlo.

No soy quien para dar consejos, pero sí para resumir lo que nos dicen a los periodistas algunas gentes sensatas (aún quedan) y lo que se desprende de las encuestas. Si Sánchez quiere -y quiere- sobrevivir en el colchón de La Moncloa aún unos meses tiene que (la enumeración no es mía, ya digo): someterse a una cuestión de confianza, convocar un Congreso extraordinario del PSOE, cesar a unos cuantos ministros y a varios altos cargos, hacer que el PSOE se querelle contra Leire Díez, contra Aldama, contra varios ex funcionarios del partido, personarse contra Santos Cerdán, dejar de decir que apoya a Zapatero, permitir que el Congreso vote si una mayoría de diputados quiere o no unas elecciones. Y cambiar la forma de concebir la política: menos frentismo, menos muros, menos altanería. Menos chulería, con perdón.

Demasiadas cosas que Sánchez, me temo, no hará. Tiene una última oportunidad la semana próxima, cuando comparezca ante el Congreso en una especie de mini-sesión de estado de la nación para hablar abierta, francamente, de la corrupción que nos está ahogando en el barro. Pero ya digo: cuando los dioses quieren perder a los hombres, primero los ciegan. Sánchez, lo he escrito ya alguna vez, es un ciego que se cree visionario, un recluso de sus socios que se cree omnipotente. Puede que siga contemplándose como un gran hombre cuando en realidad es un fracasado donde más importa, es decir, ante la Historia. Ahora tiene la ocasión de, al menos, salvar los muebles.

Sánchez necesita una oposición en la que haya estadistas que le obliguen a dar un paso a un lado, no unos gritones desde los escaños de la Cámara Baja, que cada vez se parece más al patio de un colegio el último día del curso. Necesita asociaciones de consumidores y una sociedad civil que protesten, precisa estar rodeado por gentes que le recuerden que él también es mortal y que la lucha es para dejar el mundo un poco mejor para nuestros hijos y nietos, no para sí mismo.

Puede que, como los zombies, aún ande erguido por los salones durante un tiempo. Profeticé una vez, errando de pleno, que era un muerto político y él no lo sabía. Quizá vuelva a equivocarme, pero todos los signos muestran que mucha más cuerda ya no queda para mover este ídolo de barro, y bien que lamento ser tan tajante en mis expresiones: no me quedan otras.


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